Un nuevo estudio sobre el conjunto funerario de Vergina, célebre por albergar los restos de Filipo II, rey de Macedonia y padre de Alejandro Magno, ha concluido que la tumba que hasta ahora se creía la suya y que como tal se ha mostrado durante más de treinta años no es tal, que al parecer era el sepulcro de al lado. Me sirve esta conclusión, controvertida por otra parte porque hay investigadores que no comparten la hipótesis de este estudio, para ratificarme en mi tesis de hace unas semanas: la ciencia es el último reducto de la poesía. No deja de tener su punto que la tumba de un personaje histórico de la magnitud de Filipo II, cierto que a la sombra de su hijo aunque quizá más bien en la base de lo que sería su hijo, acabara perdiéndose bajo el polvo de la historia y el tiempo y que, cuando se volvió a encontrar, se pudiera confundir su tumba con otra. Y es que he recordado a Jorge Manrique y aquello de: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir, allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos, y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos”. Claro que puestos a igualar ríos en el mar, nada como su hijo, el Magno, cuya tumba sigue perdida... Aunque quizá eso acrecienta su leyenda.
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