ya he comentado alguna vez la recomendación que me hizo un senador del que solo diré que es alavés: “No te metas con el Senado, que no es tan caro”. Defendía su puesto de ¿trabajo? aunque convenía en reconocer que, más que nada, la Cámara Alta es un retiro dorado que los partidos utilizan para premiar y/o colocar a ciertos políticos que ya no son útiles en otros menesteres más provechosos o exigentes. Si preguntáramos a la población para qué sirve el Senado, estoy seguro que una gran mayoría no acertaría a responder nada coherente. Está ahí porque nadie se anima a quitarlo, sin más. Un cementerio de elefantes muy conveniente para realojar a parte de esta nueva clase social, la política, nacida a raíz de la muerte del dictador. Por cierto, ¿se han dado cuenta de que tanto gobernantes como opositores nunca se plantean en serio ahorrar en este tipo de prebendas? Pueden ahogar a los dependientes o aducir que no queda más remedio que apretarnos el cinturón en Sanidad y Educación o en derechos laborales y mantener instituciones tan obsoletas, caducas e inútiles como el Senado sin que se les altere un ápice el rictus. En el último semestre, los gastos en viajes de los distinguidos senadores ascienden a 1,43 millones de euros. El chocolate del loro, por supuesto.