en las postrimerías de un verano de los años 80, sin saber muy bien por qué avatares mochileros acabé en un patio interior del barrio barcelonés de Gràcia, acogido en el diminuto apartamento de planta baja de un tal Antoni Biadiu -un chaval formidable del que no volví a saber- compartiendo noche, discusiones, birras y risas con un grupo de jóvenes independentistas -muchos, militantes de las JERC-, libertarios, trotskistas, ecosocialistas y demás ismos de esos de los que fluían muchos efluvios y quizás poca efectividad, sí, pero también calurosa camaradería, fraternidad y cachondeo. Entre ellos coincidió un tal Joan Puigcercós, un veinteañero con labia y melena que al cabo de los años reconocería en las fotos subido a una tribuna con más edad y algo más de formalidad. Algo parecido imaginé que debió ser la Barceloneta de los años 30 que Luis Llach describe con tanta emotividad en Memoria de unos ojos pintados, la primera novela del cantautor, tan sorprendente como desgarradora. El jumelage vascocatalán quizás se oficialice hoy con la imagen solemne de Artur Mas e Iñigo Urkullu compartiendo palco en San Mamés Barria. Pero la camaradería de ambas aficiones que se vivió en la calle me evoca inevitablemente el recuerdo de aquellos Antoni, Joan o Núria y espíritu libertario de un patio de Gràcia.