uando Rusia empezó a invadir Ucrania muchos creyeron que la superioridad militar de un país con población tres veces y media mayor y grandes arsenales de armas convertirían la operación en un paseo militar que llevaría a una rápida victoria y ocupación.

Que eso no ocurriera desde un principio parecía una estrategia que nadie entendía, o quizá al deseo de conseguir una rápida rendición sin necesidad de grandes estragos. Otra posibilidad era que Rusia no tuviera confianza en sus propias fuerzas, principalmente a causa de sus limitaciones logísticas, a pesar de que el país había emprendido pocos años antes una modernización de sus ejércitos.

Aquella fue una modernización muy necesaria: muchos recordaban aún que, durante la primera de las guerras de Moscú en una de las antiguas repúblicas soviéticas, Georgia, los oficiales rusos tenían que echar mano de sus teléfonos móviles privados para comunicar con sus centros de mando y con sus tropas.

A pesar de las mejoras militares rusas, la situación no parece haber avanzado mucho. A medida que el invierno ruso se aleja y la primavera se acerca, las perspectivas empeoran porque los caminos helados empiezan a calentarse y los vehículos que por ellos transitan se empantanan.

La marcha de las tropas rusas por Ucrania es hacia el oeste y el sur, al revés de las emprendidas en su día por los ejércitos de Napoleón y de Hitler, hacia el norte y el este. Pero hay características comunes: cuanto más se acercan geográficamente a sus objetivos, más difíciles se ponen las cosas.

En las zonas occidentales de Ucrania no solo pueden encontrar gentes dispuestas a luchar sin necesidad de que les obliguen, sino incluso soldados y unidades militares pertrechadas con armas occidentales que les permitan defenderse.

Para los rusos, es algo así como encontrarse con la OTAN sin que la Alianza Atlántica haya salido de su caparazón protegido, en el que parece cómodamente asentada al abrigo de cualquier peligro. Para llegar a su destino en Kiev, sus dificultades se parecen cada vez más a las que en su día experimentaron los ejércitos de Napoleón o Hitler, abandonados a su suerte ante objetivos que no podían alcanzar.

Por si estas dificultades técnicas fuesen pocas, también están las sorpresas de tipo humano: quienes luchan en el lado ucraniano lo hacen dispuestos al sacrificio. Además de arriesgar sus vidas han abandonado profesiones alejadas del mundo bélico, mientras que los soldados rusos son reclutas que, en algunos casos, ni tan solo saben claramente cuál es su misión.

Si todo esto es cierto, también lo es que los rusos parecen tener un problema en sus planteamientos de partida: convencidos de la superioridad que le dan los números de sus municiones y soldados, ni siquiera han contemplado la posibilidad de no poder ganar y seguramente no están dispuestos a ningún compromiso en una guerra que esperaban sería un paseo militar.

Las cifras no hablan en favor ruso: si en vez de remontarnos a la época nazi o napoleónica nos fijamos en contiendas más recientes, los 190.000 soldados destinados a estas operaciones representan tan solo el 65% de lo Estados Unidos destinó en 2003 para ocupar Bagdad en 2003, a pesar de que Rusia trata de tomar un territorio que es un tercio mayor y un 50% más poblado.

Lo primeros resultados indican que las fuerzas ucranianas están mejor preparadas que las iraquíes en aquellos momentos, mientras que las rusas lo están menos que las norteamericanas.

También hay otro factor: en las guerras napoleónicas o con el Tercer Reich, se enfrentaban a unas fuerzas invasoras que, además de tener poca experiencia con su clima y geografía, tampoco entendían la filosofía de su enemigo ruso.

Ahora, en cambio, tienen ante sí a una población que formó parte del mismo imperio soviético que ellos, que conoce el frío, los lodos y la escasez de recursos igual que los propios rusos y, al mismo tiempo, está motivada a luchar por una sociedad distinta de la que tuvieron durante la era soviética. No hace falta ir muy atrás para recordar las consecuencias que la resistencia afgana tuvo contra la ocupación rusa a finales del siglo pasado o, incluso, contra la norteamericana recientemente.

Vladímir Putin se juega mucho en Ucrania: una derrota, o incluso la ausencia de una victoria decisiva, puede tener efectos nocivos sobre su presidencia. Pero los países de la OTAN no se han de apresurar a celebrar las dificultades de Putin: en león herido puede ser aún más peligroso que el que domina la situación.