Este año, como el resto de los que han compuesto las últimas décadas, el fútbol no descansa en verano. Antes al contrario. A la finalización de los respectivos campeonatos nacionales y de las finales de las competiciones europeas, que son las que deberían poner el broche de oro al curso balonpédico en el viejo continente, le sucede sin tiempo para rumiar los sucesos de la temporada un desenfreno mundialista de partidos de selecciones en Canadá, EEUU y México. Este año, además, se bate un récord de encuentros y de equipos participantes, con la novedad de unos horarios que permitirán ver fútbol en directo casi a cualquier hora del día, de la noche y de la madrugada. Todo ello se extenderá durante más de un mes, hasta el 17 de julio, lo justo para enlazar con las pretemporadas de los equipos de élite. No seré yo quien ponga en duda la necesidad de ofertar fútbol a todas horas y en cualquier circunstancia, ya que el deporte rey hace mucho que dejó de ser símplemente un juego (con todas las implicaciones del mundo) para afianzar su condición de negocio generador de millones de euros. No obstante, esta saturación de partidos, da igual el pelaje de los mismos, tiene pintas de acercarse con celeridad a esa frontera imaginaria en la que el interés se queda en fuera de juego.