Ayer se presentaba en Zas Kultur la última incorporación a Km0, el fondo de obra local del espacio: Te extraño los miércoles, de Jabier Herrero. La pieza entraba en una colección donde conviven Natalia Albéniz, Gustavo Almarcha, Izaskun Alonso, Zuriñe Amoroso, Bildotsne Arrizabalaga, Belén Herrero, Gert Voor in’t Holt, Fernando Iglesias, Joaquín Lara, Iñaki Larrimbe, Okre, Dorleta Ortiz de Elguea, Anabel Quincoces, Ariana RAC, Simónides, Koko Rico, César San Millán y Zigor Urrutia. Km0 es un fondo de obras cercanas que insiste en una idea fuera de época: se puede comprar arte y vivir con una obra en casa.
Conviene decirlo porque en esta ciudad comprar arte ya no es fácil. No hay galerías dedicadas a ello, ni un circuito estable que acerque las obras a quienes podrían convivir con ellas. El arte aparece en exposiciones, convocatorias, centros culturales o escaparates puntuales, pero rara vez como algo que pueda salir de allí y entrar en una vivienda. Como si entre mirar una obra y adquirirla hubiera un muro invisible.
Comprar arte parece hoy fuera de onda, casi una rareza analógica: como escribir cartas, revelar fotografías o escuchar un disco entero sin mirar el móvil. No porque falten imágenes. Al contrario. Nunca hubo tantas, pero casi todas fabricadas para pasar de largo. Imágenes que se consumen con el pulgar y dejan detrás polvo visual. El problema es que cada vez se mira más pero se observa, o contempla, menos.
En ese paisaje, una obra de arte en casa resulta una anomalía necesaria. No por lujo, prestigio o decoración. Por tiempo. Una obra no se mira igual que una pantalla. No pide actualización, no manda notificaciones. Está ahí, quieta, ofreciendo siempre la misma presencia y, precisamente por eso, nunca la misma lectura. Cambia porque cambia quien la mira. Un día parece una imagen cerrada; otro, una pregunta. A veces acompaña. A veces molesta. A veces se vuelve invisible durante semanas y, de pronto, vuelve a aparecer como si acabara de entrar en casa.
La pregunta es simple: ¿quién tiene una obra de arte en casa? ¿Y una pantalla gigante de plasma? ¿Y un móvil de última generación? Hay hogares con televisores enormes, teléfonos caros, tabletas y relojes que cuentan los pasos. Pero una pintura, un dibujo, una fotografía hecha por una artista cercana parece una extravagancia. Como si el arte perteneciera siempre a otro sitio: al museo, a la institución, al catálogo, al despacho con dinero. Nunca al salón, al pasillo, a la habitación donde se vive.
Km0 se coloca justo en esa grieta: entre el arte que se mira de paso y el arte con el que alguien decide convivir. Y afirma algo: apoyar el arte también puede consistir en adquirir una obra, llevársela a casa y convivir con ella. Ante la imagen rápida, el arte propone una lentitud incómoda. No sirve para llenar un hueco, sino para abrirlo. En una época que mira deprisa, tener algo que exige mirada lenta puede ser un acto de resistencia doméstica.