“Apretando entonces con su crispada mano el bastón bordado de flores de lis en oro, bajó hacia él los ojos, que ya no tenían fuerzas para mirar al cielo, y cayó murmurando estas extrañas palabras, que a los asombrados soldados parecieron palabras cabalísticas, palabras que en otro tiempo habían representado tantas cosas en la tierra y que nadie comprendía, a no ser el moribundo que las pronunciaba: Athos... Porthos... Hasta la vista. Aramis, adiós para siempre”.

Y así moría D’Artagnan en El vizconde de Bragelonne de Alejandro Dumas. Dumas trabajaba con soltura lo de difuminar los límites entre la realidad y la ficción; en un tirabuzón del destino, ahora resulta que se está investigando si un esqueleto hallado en la iglesia de San Pedro y San Pablo de Maastricht, tras el hundimiento parcial del suelo del templo en febrero, puede corresponder al célebre mosquetero francés Charles de Batz de Castelmore d’Artagnan, hombre de confianza de Luis XIV cuya figura inspiró a Dumas el personaje de D’Artagnan. Los huesos y aquel héroe humano, audaz, inteligente, orgulloso, el mejor soldado al servicio de reyes que acaban decepcionándolo, pragmático y ante todo leal. Esos huesos en alguna fría mesa de laboratorio... La realidad de pronto llama a la puerta de la leyenda. En estos días oscuros, más que nunca, me quedo con la leyenda.