Hoy he sido consciente, por primera vez, del mal que deviene de la industria del cine de EEUU. Estaba viendo una película en mi casa sobre periodistas, no por morbo, sino por no haber encontrado nada mejor, cuando caí en la cuenta de que las comparaciones entre la ficción que se trasladaba desde la pantalla con la realidad son mera casualidad. En el relato visual, los profesionales del medio de comunicación en el que se desarrollaba la trama tenían tiempo para vivir y ocuparse de sus responsabilidad familiares y personales. Incluso, podían sacar a sus mascotas a dar un paseo y disfrutar de un partido de baseball profesional, que acostumbran a rondar las tres horas sin contar los desplazamientos en vehículo privado por rondas de circunvalación colapsadas. Eso sí, ocupaban puestos de trabajo de manera fundamentalmente virtual, con tiempo para recorrer varios locales hosteleros con sus blocks de notas como recurso identificativo y con los arrestos de hacer frente a las diatribas de la jefatura y del capital que sustentaba la empresa, en principio, por devoción a unos principios casi religiosos ligados a una deontología profesional con matices divinos. En fin, que cuando restaba la mitad del metraje, acabé recuperando capítulos históricos de Aída, que a su manera, se ajustan a la vida con mayor precisión.
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