Me he sorprendido a mí mismo elaborando una lista mental con las principales instituciones de Irán y recitando al dedillo el listado de los grandes ayatolás responsables de convertir a la República Islámica en el actual nido de demonios al que intenta combatir a fuego y espada el faro de Occidente. No se asusten. He consultado opinión facultativa. El diagnóstico emitido ante semejantes síntomas es el de pertinaz atolondramiento. Se conoce que el cuadro está en un estado inicial y que se combate con tres dosis diarias de desconexión informativa. De esa forma, la psique, inmersa hasta el corvejón en el mercado periodístico nacido de la contienda bélica, puede descansar y preocuparse de otras cuestiones más peregrinas, como cómo pagar el combustible del vehículo ahora que el petróleo y sus derivados están por las nubes o cómo sustituir los huevos de la cesta de la compra ahora que están a precio de oro. En fin, que solo espero que la guerra en Oriente Medio, auspiciada por el consejo de sabios en el que se basan las racionales decisiones de Benjamín Netanyahu y Donald Trump, dure lo que habitualmente tarda en trasladarse un anuncio de alarma ante una eventual crisis inflacionaria a los bolsillos de la ciudadanía. Es decir, nada.