Está el mundo comprando boletos para irse al garete y hablar de sufrimiento, crueldad o injusticia en algo que no tenga que ver con la geopolítica mundial se antoja frívolo. Pero la vida sigue y tiene la capacidad el ser humano de abstraerse de los verdaderos males que le acechan para ensimismarse con sus nimiedades. Una de ellas es el fútbol, definido como el opio del pueblo por Eduardo Galeano parafraseando la visión de Karl Marx sobre la religión. Los alavesistas, acostumbrados a sufrir, llevamos unas semanas de viacrucis, en una montaña rusa de emociones. Los epílogos de los dos últimos partidos, con nuevo entrenador al frente, han supuesto un mazazo anímico para equipo y afición. El bajón del lunes después de perder en Mestalla fue duro, muy duro. De esos días en los que maldices sentir esto del balompié como algo trascendente y te preguntas por qué no te daría por la filatelia, el ballet o la música clásica, aficiones que no te obligan a sufrir pero que tampoco, creo, deparan momentos de éxtasis como los que regala un balón golpeando una red. El viernes en Mendizorroza también nos deparó el fútbol un final cruel. Pero la sensación de orgullo por la imagen del equipo, la comunión con la grada y el puntito sumado limitaron la amargura del trago. Suena a frase hecha pero jugando como contra el Villarreal, el fútbol acabará siendo justo con el Glorioso.