Mi rutina del fin de semana incluye desde hace meses un paseo diario frente a un conocido after ubicado en el Ensanche gasteiztarra. Lo hago tras desayunar, a una hora a la que no se puede asociar, por condiciones obvias de luminosidad, con el ocio nocturno. El caso es que me parece fascinante comprobar en primera persona cómo es el ecosistema del garito. Desde luego, no pasan desapercibidas las costumbres y usos de aquellos que habitan en la penumbra puertas adentro del pub que, al parecer, no son del todo salubres ni inocuas. Y, cuando no me entretengo con el hábitat, lo hago con el trabajo cotidiano de los integrantes de la Policía Local y de la Ertzain-tza, que acuden día sí y día también al citado establecimiento para atender múltiples requerimientos (casi nunca, agradables). Todo ello conforma un bodegón cotidiano, dinámico e interesante, en el que cohabitan la clientela, los efectivos policiales (en plural y a distintas horas) y los vecinos que, barra de pan bajo el brazo o camino de misa, se entretienen cada jornada en el lugar observando la fauna y la flora típicas, que ajenas a la observación, mantienen su reloj vital en otra dimensión, no sé si paralela, pero sí diferente a la del resto del planeta. Desde luego, de todo hay en la viña del Señor.