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Fernando González MolinaDirector de cine

“Quienes han vivido viajes de identidad saben lo importantes que son los aliados”

Hace más de medio siglo, 'Mi querida señorita', dirigida por Jaime de Armiñán e interpretada por José Luis López Vázquez, dejó huella con una historia que se adelantó a su tiempo. Hoy, Fernando González Molina (Iruñea, 1975) retoma ese legado, reinterpretándolo para una nueva generación.

“Quienes han vivido viajes de identidad saben lo importantes que son los aliados”

La nueva película del cineasta navarro nos sumerge en la misma esencia de autodescubrimiento, pero con un pulso contemporáneo. A través de su visión, nos reencontramos con un clásico, pero también con preguntas nuevas. Y sobre todo, nos recuerda que hay historias que nunca dejan de resonar. La película se estrenó en salas y acaba de llegar a Netflix.

'Mi querida señorita' parte de una película de los años 70. ¿A quién se le ocurrió la idea de revisitarla?  

-La idea surgió de los Javis. Llevábamos años queriendo trabajar juntos, nos conocemos desde hace más de dos décadas, pero no terminábamos de encontrar el proyecto adecuado. En una de esas conversaciones me plantearon si no sería interesante actualizar una historia como 'Mi querida señorita' y revisitarla desde una mirada actual, explicándole al público de 2026 qué significa realmente ser intersexual. Había pasado el tiempo suficiente desde la original como para poder revisitarla y actualizarla. Además, había zonas que en su momento quedaban un poco oscuras y que ahora se podían iluminar. Hoy es necesario llamar a las cosas por su nombre, hablar claramente de intersexualidad y explicar qué implica. A partir de los cimientos de la obra original, veíamos la oportunidad de construir algo nuevo.

Ha contado con Elisabeth Martínez, una persona intersexual para el papel protagonista. ¿Fue una decisión imprescindible?  

-Fue una decisión muy clara. Si la clave del proyecto era dar luz a lo que antes no la tenía, no tenía sentido visibilizar la intersexualidad sin hacerlo a través de una actriz intersexual. Volver a recurrir a la imagen de un hombre con peluca era repetir un enfoque con el que ninguna persona intersexual se identifica, porque no tiene nada que ver con lo que realmente significa. Por eso vimos desde el principio que era importante apostar por una actriz que lo fuera de verdad. Eso permitía una conexión emocional mucho más fuerte entre el personaje y quien lo interpreta. Además, entendíamos que esta elección era uno de los elementos diferenciales de la película, algo clave para que tuviera relevancia y para reforzar su dimensión activista y su intención de hablar de una realidad concreta.

“Quienes han vivido viajes de identidad saben lo importantes que son los aliados”

Fernando González Molina

¿La participación de Nagore Aranburu, ganadora de un premio Goya este año, aporta un extra?

-El reparto suma muchísimo. Nagore Aranburu está en un momento muy bueno y contar con ella en la película es un acierto, pero no solo por eso, sino porque encaja perfectamente en un personaje de madre dura y, a la vez, profundamente afectiva. Tiene una mezcla de vulnerabilidad y fortaleza que le da una potencia enorme al papel. Y lo mismo pasa con el resto: Paco León, María Galiana, Manu Ríos o Lola Rodríguez. Cada uno aporta algo distinto y hace que el conjunto funcione.

El argumento habla de identidad, pero también de soledad. ¿Qué le interesaba explorar ahí? 

-Queríamos alejarnos claramente de algo que estaba en la película original: la soledad del personaje de Adela. En ese caso, era un personaje muy aislado, y nosotros sentíamos que eso no reflejaba del todo estos procesos. Quienes han vivido viajes de identidad o de orientación, o transiciones complejas, saben lo importantes que son los aliados: los amigos, los mentores, la gente que te acompaña en el camino. Eso no estaba presente en la historia original, y para nosotros era fundamental incorporarlo. Nos interesaba contar precisamente ese acompañamiento. Partir de un personaje que está muy solo, pero que, a medida que avanza, va encontrando personas, a veces incluso desconocidos, que le ayudan a construir, o al menos a intentar construir, un camino nuevo.

Si alguien que vea la película se queda con una sola idea clara, ¿cuál le gustaría que fuese? 

-El amor propio es fundamental. Siempre digo que es una película de amor, pero sobre todo de amor hacia uno mismo. La historia plantea que, cuanto antes aprendamos a respetarnos, a entendernos y a querernos, más vamos a aprovechar la vida, que al final es una. También habla del derecho a experimentar: a equivocarte, a ir y venir, a cambiar. Tenemos todo el derecho a pensar una cosa y luego otra, a definirnos de una manera y después de otra distinta, a que nos gusten los chicos o las chicas en cada momento. En el fondo, la película va de eso: de la libertad para explorarse y, sobre todo, de aprender a quererse mucho.

"Siempre digo que es una película de amor, pero sobre todo de amor hacia uno mismo”

¿Cree que películas como esta pueden ayudar a reducir el desconocimiento sobre la intersexualidad? 

-Ojalá ocurra. Para mí hay dos objetivos claros: que al menos alguna persona entienda un poco mejor qué significa ser intersexual y que quien es más intransigente aprenda algo de tolerancia. La película es, en el fondo, un elogio de la diversidad en el sentido más amplio. Si alguien que no la comprende sale de verla con una mirada un poco más abierta, ya tiene sentido. Porque no habla solo de intersexualidad, sino también de la relación con el propio cuerpo, de no reconocerse frente al espejo, de sentirse fuera de lugar o de sufrir rechazo. Más allá de lo concreto, lo que busca es poner el foco en algo muy simple: en un momento de tanta tensión, recordar lo valioso que es lo diverso.

Fernando González Molina

¿Qué elementos cree que hacen que esta película conecte especialmente con un público joven? 

-Creo que el hecho de abordar algo tan universal como hacerse mayor, convertirse en adulto y pelear por ser quien eres conecta con mucha gente. El momento vital que retrata la película tiene que ver con cualquier joven, pero no se queda solo ahí. Yo la veo más como una película intergeneracional que puramente juvenil. Conecta igual con personas de 60 años que con chicas de 15. Hay un viaje emocional que atraviesa edades. Aunque los personajes son jóvenes y están en ese punto de buscar su identidad, la historia va más allá. Es una película abierta en ese sentido.

Si esta película se hubiera planteado hace diez años, ¿cree que la habría contado igual?  

-Probablemente hace unos años habría sido más prudente, incluso más cobarde, y no sé si habría hecho esta película de la misma manera. Con el paso del tiempo te vuelves más libre, te importa menos contenerte y sientes la necesidad de contar lo que realmente quieres contar, también en el cine. En mi caso, esa sensación se acentuó durante el rodaje, cuando sufrí un infarto en el séptimo día y la película tuvo que detenerse. Volví de esa experiencia con una mirada distinta sobre el trabajo y sobre la vida. Eso me llevó a relativizar muchas cosas. Esa perspectiva me dio una libertad total para afrontar la historia.