Crónica Social: Todos los perros (y gatos) de los presidentes
Gobernar es complicado; dirigir a un perro, imposible. De Washington a Londres, las residencias oficiales han sufrido a veces más por los colmillos inquietos que por la oposición
Existe una jugosa tradición no escrita en las democracias occidentales: si ocupas el despacho oval o el número 10 de Downing Street, más te vale tener mascota. Humaniza, enternece, aviva las encuestas... El perro presidencial es el equivalente contemporáneo al heredero bien peinado: una garantía de cercanía. Hasta que muerde, eso sí, la lujosa alfombra persa.
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En el Reino Unido, el ejemplo más desatado fue durante años Dilyn, el fox terrier rescatado que acompañó a Boris Johnson durante su loca etapa en Downing Street. Travieso, simpático, ingobernable... -como su dueño-, Dilyn convirtió la residencia oficial y la casa de campo de Chequers en su terrible parque temático particular.
El perro no distinguía entre juguete y patrimonio histórico. Lo mismo marcaba territorio en una alfombra con cuatro siglos de historia que probaba la resistencia de un mueble de Luis XIV. Babas sobre tapices medievales, arañazos en antigüedades, efusividades poco diplomáticas sobre taburetes con pasado colonial... Una performance fatal canina que terminó con factura: 1.200 libras por daños en mobiliario.
Ni el Foreign Office ni el MI6 lograron mantener el secreto de Estado más comentado: el perro salía caro. ¡Muy caro! De hecho Johnson, con flema británica, llegó a explicar que el perro “estaba todo el tiempo pegado a las piernas de la gente”. La frase quedó flotando entre la sonrisa y la incredulidad. Era, en cierto modo, un ser tan verdaderamente indomable como su Gobierno.
En la Casa Blanca
Pero si Londres ha tenido perros traviesos, Washington ha elevado este fenómeno perruno a la categoría institucional. En la White House, los canes son casi un departamento más de comunicación. Barack Obama entendió pronto el poder simbólico de Bo, su perro de aguas portugués: fotos familiares, carreras por el jardín, espontaneidad... Con Joe Biden la tradición continuó, aunque con sobresaltos. Sus pastores alemanes, Champ y Major, protagonizaron titulares menos amables tras varios incidentes (y mordiscos) con el personal del Servicio Secreto. El relato de cercanía chocó con la realidad de los colmillos presidenciales. Porque una cosa es posar ante la prensa y otra muy distinta adaptarse al rígido protocolo institucional.
Antes, George W. Bush ya había llenado la residencia oficial de mascotas, consolidando esa costumbre centenaria de convertir la Casa Blanca en hogar con ladrido incorporado. Por cierto, sólo Donald Trump ha roto esta tradición al no tener perro durante su mandato. Un detalle aparentemente menor que muchos interpretan como síntoma de algo mayor: la ruptura con las liturgias del poder.
Downing Street
Y mientras los perros compiten por titulares, enDowning Street hay un profesional que lleva quince años ejerciendo con estabilidad felina: Larry, el gato atigrado adoptado en 2011 por David Cameron. Su currículum es envidiable: ha convivido con seis primeros ministros y ostenta el cargo oficial de “Cazador de Ratones Jefe del Gabinete”.
Larry no solo apresa roedores; caza cámaras. En 2019, durante la visita de Donald Trump al Reino Unido, se coló en la foto oficial de bienvenida y después decidió echarse una siesta bajo La Bestia, el vehículo blindado del presidente estadounidense. Un acto de diplomacia pasivo-agresiva con más poder que cien comunicados.
Además, hace poco volvió a hacerse viral en redes sociales al hacer tropezar a un fotógrafo de la delegación polaca tras una reunión con Keir Starmer. Porque Larry, dentro de ese equilibrio que se les exige a las mascotas oficiales, no distingue entre conservadores o laboristas; su lealtad es al sofá y al instinto. En un siglo de liderazgos efímeros, él ha sido el único inquilino permanente. Más que mascota, es toda una institución.