Los datos de paro registrado en las oficinas de empleo ofrece una fotografía que aporta motivos razonables para el optimismo. Las cifras de febrero pintan un escenario sólido: el paro vuelve a bajar en 1.146 personas en la Comunidad Autónoma del País Vasco (CAPV), que supera el millón de cotizantes, con 1.028.407 afiliados a la Seguridad Social, unos 10.500 trabajadores más que hace un año; en la Foral Navarra, el empleo también consolida niveles históricos, con 314.893 afiliados tras sumar 1.598 cotizaciones más frente al mes anterior y 5.551 sobre el ejercicio anterior. Los cuatro herrialdes llegan al momento actual soportados por una senda de estabilidad economica y mejora de las condiciones de empleo, incluso en un entorno global crecientemente incierto. No obstante, no cabe caer en la tentación de confundir estas buenas cifras, por sostenidas que vengan siendo en la evolución interanual, con una garantía de futuro. La escalada del conflicto en Oriente Próximo amenaza con abrir una nueva crisis de alcance difícil de prever: encarecimiento sostenido de la energía, mayores dificultades para exportar y posibles disrupciones en cadenas de suministro. Si eso se traduce en pérdida de actividad, costes más elevados y menores ventas, la competitividad de nuestras empresas se resentirá y el empleo girará el ciclo, empezando por los contratos más frágiles y los sectores más sensibles a la demanda.
Encaramos, ademá, una vulnerabilidad conocida pero aún no corregida: la feminización persistente del desempleo y de la precariedad. Aunque las tasas femeninas de paro se acercan a las masculinas, las mujeres siguen concentrándose en salarios bajos, jornadas parciales y mayor rotación, precisamente en sectores como los cuidados, el comercio y determinados servicios. Si la nueva crisis se traduce en ajustes empresariales, el riesgo es que los avances en participación laboral femenina se vean erosionados y que la brecha se consolide en ingresos, estabilidad y carrera profesional. Las políticas económica, laboral y de igualdad deben anticiparse para proteger el empleo de calidad, corresponsabilidad y evitar que los ajustes se descarguen sobre los eslabones más débiles. Porque la buena evolución del empleo es también indicio de cohesión social y ésta será tanto más sólida cuanto más justa.