El Tour de Suiza comenzaba en Italia, en Sondrio, pero lo mismo pudo dar la salida en una galaxia muy lejana. O tal vez en el planeta Marte. Allí nació y creció Tadej Pogacar, el suprahumano de esta era de fenómenos inexplicables, de OVNIs a pedales. A Pogacar se le identifica por la piel que luce, la de campeón del Mundo.
El ciclista de todos los colores. El ciclista que es todos los ciclistas en uno: escalador, rodador, velocista y contrarrelojista. Superior. Un ente.
A Pogacar, el campeón de cualquier distancia, le dio un arrebato para recordar a todos que como él no hay ninguno. El único.
El genio esloveno, todopoderoso, endiosado, chasqueó los dedos para fulminar a todos con una actuación supersónica. Otra más. Ciclista atómico.
Eligió un esprint bonificado a más de 70 kilómetros (la etapa era de 144 km) del final para descapotarse y rodar con la energía de siempre. Alcalino. Infatigable.
Los demás se quedaron pasmados, la pose de siempre, ante un ciclista indescifrable, que merecería un examen a conciencia en Área 51, donde se supone que el ejército estadounidense se entretiene desentrañando los misterios de seres extraterrestres.
Pogacar, que atacó a más de 70 kilómetros con ese deje suyo, tan costumbrista y juguetón, pura rutina, dejó sentenciado el Tour de Suiza el primer día. Categórico el juicio. Nadie puede sostenerle la mirada.
Él, la nada, después un desierto, más allá los rescoldos de una batalla, y todavía más lejos, el resto. Solo y al comando, celebró la victoria y el liderato. Suiza también es suya. Confirmó su décimo triunfo del curso, el 118ª de su carrera sin parangón.
Entre los terrenales, los pobres humanos, Richard Carapaz, valeroso y guerrero, fue segundo, a 2:14 del prodigio esloveno. La tercera plaza se la quedó Andrea Bagioli, a 2;29. El grupo de los mejores, salvo Pogacar, fuera de concurso llegó a 4:02.
El esloveno una bendición para muchos por su manera de entender el ciclismo, valiente, competitivo y risueño, es también una maldición porque esa misma jerarquía arranca de cuajo cualquier emoción o disputa por el resultado.
Carrera sin emoción
Pogacar es inaccesible, un ciclista sin límite. El infinito y más allá. Extendió sus alas el esloveno, un cohete, frente a un pelotón con dorsales pudientes, convertidos sin embargo en niños indefensos ante la enésima exhibición de Pogacar, que arrancó cualquier incertidumbre y emoción a la carrera en cuanto quiso.
Se lució por el escaparate, desenrollada la alfombra roja, por la que camina con garbo y un sonrisa perenne. Prima donna.
En su regreso a la competición después de los fastos del Tour de Romandía, el esloveno, en su 12º día de carreras, ejerció con la autoridad de siempre. El aplastamiento. Hegemónico.
De cuando en cuando, mostraba la lengua para darle cierto aire cómico al drama que es para el resto medirse a él. En realidad, pelean por ser segundos, por no ser destruidos del todo ante una criatura desmedida.
Pogacar es su propia categoría. Su única medida válida. Solo ante el espejo, el que esconde un pasadizo hacia la historia que recorre con voracidad.
Solo la eternidad parece estar a la altura de un ciclista que estalló en el Tour de 2020 en la monstruosa crono de La Planche de Belles Filles, en la que conquistó su primer Tour, y que alcanzó una potencia de fuego todavía mayor en 2024. Algo ocurrió entonces. Desde esa fecha, nada se le resiste.
Pogacar es una fenómeno que no atiende ni a la lógica, ni a las leyes físicas y difícilmente a las que rigen los organismos.
La magia y ciertos lugares comunes acuñados por la narrativa del ciclismo tratan de definir a un ciclista siempre en forma, sin una mueca de dolor, sin fatiga en el rostro, sin poros ni ángulos muertos. El mismo poderío desde febrero hasta octubre.
En otra dimensión, Richard Carapaz se envalentonó entre el grupo que perseguía en el pasado, aunque en realidad había sucumbido en cuanto Pogacar arrancó la moto en otro ejercicio de aire condescendiente.
Un entrenamiento con aficionados para el esloveno, de nuevo en activo tras su entrenamiento en las alturas de Sierra Nevada.
Abandonadas las cumbres, continuó Pogacar con el cielo a sus pies, silbando por las nubes en un recorrido de subidas y bajadas, un tobogán de alegría para él. De turismo. Mirando el paisaje. Pájaros y flores. Otro paseo feliz.