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Un hombre de hierro con trastorno bipolar

Juanma Olivas utiliza el triatlón como terapia y estará en el Ironman de Vitoria

Un hombre de hierro con trastorno bipolar

Vitoria - Algo se encendió en el interior de Juanma Olivas cuando en 2010 llegó a sus manos un vídeo en el que un padre y su hijo con parálisis cerebral explotaban de alegría tras completar los 3,8 kilómetros de natación, 180 de bicicleta y 42,2 de carrera a pie de los que consta un Ironman. “Quiero vivir esa pasión en mis carnes”, pensó Olivas, cuyas emociones se ven siempre potenciadas por su trastorno bipolar. Entonces, soñó con finalizar una prueba similar junto a su hijo Iker. Meses después, cruzaba la línea de meta del Ironman de Niza.

El trastorno de bipolaridad es una enfermedad mental que afecta a más de un millón de españoles y que provoca en los afectados que alternen periodos de profunda depresión con momentos maníacos y psicóticos. “Me paso la mitad del año encerrado en la habitación, con las persianas bajadas, hundido mentalmente. Sin embargo, los primeros rayos de sol de la primavera y la motivación de poder disfrutar de una prueba como el Ironman consiguen que me vuelva a poner en marcha”, afirma Olivas, que este curso estará presente en el de Vitoria-Gasteiz. No tenía pensado participar en esta edición, estaba bajo de moral, desganado. Sin embargo, con el paso de los días se ha ido animando y ya está metido de lleno en los entrenamientos.

El trastorno bipolar del alavés fue diagnosticado hace más de quince años, cuando surgió repentinamente: “Estudié finanzas y por aquel entonces trabajaba en un banco, era un trabajo con el que disfrutaba. Sin embargo, pasé por una mala etapa en mi relación y de repente empecé a ver señales, a tener ataques maníacos, lo que me llevó a pasar mucho tiempo deprimido. Cuando me recuperé pensé que era simplemente una etapa, que ya estaba superado, pero cada año volvía una y otra vez”. Fue entonces cuando su familia lo animó a acudir al psiquiatra y se le diagnosticó el trastorno de bipolaridad.

Esto trajo consigo que se le diera el grado de incapacidad “invalidez absoluta”, por lo que no ha podido volver a trabajar desde entonces. Hasta el momento, ha estado ingresado en hospitales psiquiátricos en cinco ocasiones, y actualmente recibe medicación y acude al psiquiatra quincenalmente: “Me costó mucho afrontar mi enfermedad, aceptar que era bipolar. Ahora he conseguido más estabilidad, pero cuando llega el invierno me termino encerrando en la habitación igualmente”, admite.

El triatlón como terapia Cuando la luz de la primavera se cuela por la persiana de Olivas, el triatlón le activa de nuevo. “Me suelo apuntar a algún Ironman para que en cierta forma me exija salir a la calle a entrenar. Según se va acercando la prueba me voy dando cuenta de que necesito ponerme a trabajar duro si quiero poder participar”. Por ello, tiene en mente apuntarse a alguna prueba durante el invierno para ver si así se fuerza a salir a ejercitarse cuando llega el mal tiempo: “Estoy hablando con Ironman sobre la posibilidad de ir al extranjero a competir en el periodo invernal. Es un circuito internacional, por lo que tiene carreras en países en los que hace calor por esas fechas. La inscripción y el viaje serán caros, por lo que necesito apoyo”. En cualquier caso, apuntarse a una carrera no le asegura ser capaz de salir de la habitación. “Cuando estoy deprimido, estoy deprimido. No hay manera de darle la vuelta. Lo único que me levanta de la cama es poder hablar con mi hijo”, admite, aunque no pierde nada intentándolo.

El deporte no solo lo anima a salir a la calle en momentos bajos, también sirve para redirigir su energía en fases hiperactivas: “El trastorno de bipolaridad puede derivar tanto en pesimismo y depresión como en momentos maníacos, en los que no puedes estar quieto. En esa fase de subidón el triatlón me ayuda a relajarme, a exprimirme en una actividad sana”. El triatlón siempre es visto como un pasatiempo saludable, pero puede no serlo tanto cuando se practica de forma muy intensa tras meses en los que el cuerpo no ha realizado ningún ejercicio.

De hecho, es aún más peligroso para alguien con trastorno bipolar por los problemas cardíacos que puede conllevar. Por fortuna, Olivas cuenta con un gran aliado en este tema. “Tengo muchísima confianza con mi psiquiatra, es encantadora. Cualquier otro me recomendaría no hacer ese esfuerzo, pero cada vez que le digo que voy a preparar un Ironman se encoge de hombros y se pone manos a la obra para ayudarme y tener controlada mi salud en todo momento”, asegura. En los cuatro meses que lleva de entrenamiento, Olivas ha adelgazado más de diez kilos. Cuando algo se le mete entre ceja y ceja no para hasta lograrlo.

Fuente de felicidad A Juanma Olivas se le dibuja una sonrisa en la cara cada vez que habla de sus experiencias en triatlones. Su primera participación en un Ironman fue en Niza, en 2011, momento en el que quedó totalmente enamorado de la disciplina. “Fue un subidón, una satisfacción tras otra. Todo lo que se mueve en torno a la carrera es ilusión. Yo veo que detrás de cada triatleta que participa hay una historia. Muchas veces voy en carrera y me emociono, rompo a llorar. Otras veces me siento totalmente satisfecho y pleno. Durante los 226 kilómetros de la carrera va pasando toda mi vida por delante”, comenta. En la carrera francesa solo faltó poder cruzar la línea de meta junto a su hijo, su gran sueño, ya que no pudo viajar con él a Niza.

Sí lo consiguió el año pasado en el triatlón de larga distancia de Vitoria-Gasteiz, cuando aún no era Ironman: “Me eliminaron de la carrera porque está prohibido cruzar la meta junto a personas ajenas a la competición, pero mereció la pena”. En esta edición podrá al fin disputar un Ironman en su ciudad ante la presencia de su hijo.

Aquella carrera fue especial, pero la prueba más intensa que Olivas ha vivido fue sin duda el Ironman de Lanzarote de 2017. Tanto lo fue que nada más terminarla tuvo que ser ingresado en un hospital psiquiátrico durante dos meses, pero lo vivido en la isla canaria no se lo quita nadie. “Lanzarote fue bestial, un carrusel de emociones. Hay todo tipo de participantes, desde el triatleta profesional que sale a ganar hasta aquellos cuyo objetivo es llegar al final a toda costa. Yo soy de los cabezones, de los que no se rinden. Es todo cuestión de mentalidad, el dolor muscular siempre aparece pero hay que saber dominarlo”, explica. La solidaridad con el resto de corredores le ayuda a superar los momentos de sufrimiento: “Ver que más personas están viviendo lo mismo que yo me empuja a seguir, cada uno va haciendo su camino. Cuando estoy en carrera soy feliz”, asegura.

Compromiso con la bipolaridad Olivas quiere aprovechar el tirón de una prueba como el Ironman para ayudar a concienciar a la sociedad sobre el trastorno de bipolaridad. “Se usa el término bipolar muy a la ligera. Muchos lo usan para denominar a alguien que cambia de humor repentinamente, pero no es solo eso, hay mucho más detrás que desconocen”. En su tritraje figurarán los nombres de las dos asociaciones con las que colabora. Por un lado, Esperanza Bipolar, la más grande de Euskadi, con sede en Bilbao.

Por otro, Realidad Bipolar, un grupo de conversación gasteiztarra para personas con esta enfermedad promovido por el propio Olivas. “Me animaron a montar una asociación en Vitoria, pero yo no quería estar a cargo de un lugar físico. Es mucha responsabilidad y no quería tener que cerrarlo en mis fases de depresión, dejaría a los demás tirados. El grupo de conversación es más informal, y tiene su sede en cualquier lugar donde haya una cafetería. Solo hace falta personas dispuestas a compartir sus experiencias. Pueden seguir quedando cuando yo no esté por la labor”, argumenta.

Su objetivo es que el grupo pueda aumentar próximamente. “Quiero darlo a conocer, de momento solo he colgado unos pocos carteles. Si nos atenemos a que el 2% de la población sufre trastorno de bipolaridad debería haber unos 5.000 en Vitoria. El grupo de conversación es una gran oportunidad para hablar sin remordimientos, nos acabamos riendo de las burradas que hemos llegado a hacer”. Solo por escuchar las historias de Olivas merecería la pena participar en la conversación. Desde estar atado a una camilla en un hospital psiquiátrico a la satisfacción mayúscula de superar un desafío tan emocionante como el Ironman. De hecho, ya tiene un título para su libro: Desde el infierno, con amor.