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Un cuarentón encantador y eléctrico

ÁLVARO | Fernández Ortiz de Zárate / Puntista

Un cuarentón encantador y eléctricoFoto: Josu Izarra

“Ha jugado perfecto y es encantador”, resume IsaíasIbarra, el jefe y chamán de la cesta punta a este lado de la Montaña Mágica. Isaías tuvo poder y mando en los buenos años de la xistera, cuando las señales dactilares de su pulgar abrían las puertas de América al Jai Alai, y dos, tres veces incluso, quiso incluirle cuando exportaba materia prima a los frontones de la costa este de los Estados Unidos y Zárate dijo no. “Quería estudiar y, luego, prefirió trabajar”.

Álvaro Fernández Ortiz de Zárate, Alvarito, es el personaje. Nuestro protagonista. De nombre artístico Zárate. Visto en la cancha y más aún a escasos centímetros, frente a frente, mientras vamos recolectando recuerdos para estamparlos en esta página con cierto orden, se le ve pequeñito, delgado, frágil, muy alejado de la imagen que seguro tienen de un puntista: alto, mocetón, de hombros anchos, brazo de pulsista y bíceps a lo Popeye. No llega, fijo, a los 70 kilos. En su mejor época, hacia 2006, pesaba 66. Y cuando le llegó la rebaja de Paco, una baja por estrés en 2009, tuvo que parar para resetear, cabeza, corazón y alma, para volver a empezar y recuperarse de los casi 18 kilos que había dejado por el camino. “Me involucro al cien por cien en todo lo que hago, nunca dejo las cosas a medio hacer? Y por entonces trabajaba mucho y me llevaba el día a día a casa?”. Roto, sin batería, desgastado. Se le iba la vida en la empresa Karcher, donde Jesús Fernández, el padre, era el máximo responsable. Karcher caminó mucho años al lado de la cesta y Jesús, “el padre perfecto”, según Zárate, toda una vida con el hijo, de la ceca a la meca, al volante -“aunque yo anduviera con carnet”- repartiendo consejos “pero sin meterme presión, sabía cuándo empezaba a molestarme”. El quebranto físico y mental le apartó del frontón tres años, hasta 2012. Tuvo que ser Isaías, “preocupado, cariñoso, quien me diera el coñazo para incorporarme poco a poco, otra vez”. Y recuperó las ganas. Y sigue. Jugando cada viernes y ensayando cuando le toca. Excepto esos tres años, desde los nueve, no ha parado. Le ha sido fiel a la cesta siempre. “No soy un expelotari, estoy en activo”, dice. Era un tirillas que no utilizaba la fuerza como recurso. Tiraba “de nervio, de remate y también de calidad, ¿por qué no?”. Desde el pasado día 15 es un cuarentón. Y sí, también un tipo encantador. En la distancia corta pude aproximarme. Te cautiva.

Llegó al frontón a los nueve años, de la mano de Maribel, la madre, junto al hermano mediano Raúl, cuatro años mayor, quien en realidad era el principal interesado. Raúl no encontró su sitio -era tarde para empezar con los no iniciados y sin experiencia para hacerlo con los de su edad- e Isaías le echó el cebo al más pequeño. “Aquel día aluciné con Salterain”, recuerda Zárate, “llevaba poco más de un año y le pegaba de cine”. Con 14 sumó su primer gran éxito. En Cabanillas, con Foronda detrás, pues “era un chaval más fuerte”. Fue una gran experiencia. Además de ganar, disfrutaron de “tres maravillosos días”. A los 16 experimentó la derrota más dolorosa y recordada -“aunque no soy de hacerme mala sangre”-. Fue una final de Liga Vasca en Berriatua junto a Endika. Ese día cayeron por un par de tantos de diferencia. Tras pegarle un pelotazo a un juez, “que casi le arranca la oreja”, se le quedó tan mal cuerpo que a partir de ahí anduvo a la deriva. El primer torneo que disputó lo hizo al lado de Richar Solozabal, jugando de zaguero. Tenía diez años. Ganó provinciales, sociales, dos torneos GRAVN con Garai y Amigorena, un estatal con el segundo y el Internacional de Vitoria-Gasteiz formando dúo con Félix, en 2007 ante Alberdi y Garai. “Tenía una gran derecha y era un artista”, me cuenta Garai, “el día que ganamos la final del GRAVN a los vizcaínos Erkiaga y Etxaniz. El zaguero no paraba de quejarse de las pelotas y tuvo que ser su entrenador quien le espetara: ¡Calla, si has jugado con los suyas y con las tuyas!”. Fue en Vitoria “y le metí no menos de nueve o diez tantos de saque”, confiesa Zárate.

Mantiene una gran relación con todos los compañeros del club, “pero con el que mejor me he entendido, sin hablarnos él sabía qué pelota la dejaba, y yo, dónde estaba, ha sido Ayo”, reconoce. De entre todos destaca a Alain por su calidad “y su buen rollo”, a Inciarte por ser “tan calmado y por su juego de costao” y señala al dúo Konpa-Asier porque formaban “la mítica pareja de mi niñez”. Y entre todos, “porque aunque tuviera un mal día siempre lo hacía bonito”, apunta al mayor de los Beaskoetxea, de Gernika, “era pura plasticidad, casi un poema. La postura perfecta”.

En 2006 protagonizó la temporada de su vida. Con Amigorena a la espalda se impusieron en la final del Campeonato de España a Beaskoetxea-Aberasturi. Vivió lo que significa la élite y peleó por un sitio en la selección. Ganó todo lo que se podía ganar. Tres años después, con la treintena a la espalda y aquella crisis que le dejó varado una larga temporada, contempló otras posibilidades y probó la segunda de sus pasiones, la música. Fueron tres años alejado del frontón y abrazado a un bajo eléctrico. “Aprendí a tocarlo y descubrí otro camino”, dice. Hoy, cada semana, además de ensayar en el Olave lo hace con el par de grupos en los que participa activamente. Los Nichos y El Ciudadano son el refugio post punk, un batiburrillo de música de garaje, algo underground, entre especial y único donde pasa las horas envuelto en ruido, mucha gente y locales pequeños, y “bastante cerveza”. No se olvida de Doggy Party, la banda de aquellos tres años malos y de la Décima Víctima, “mi grupo favorito, algo melancólico”, suelta, “pero yo soy un tipo alegre, Ramón”.

El año pasado todavía jugó Liga Vasca con Adrián, “de suplente y por si alguien faltara”. Éste ha disputado el Provincial con OskardelRío, el hermano mayor de Julen. “Fatal. Yo, muy mal, con una vieja cesta llena de vicios y fuera de sitio”. Sonríe mientras me lo cuenta.

Quiso, pudo y no realizó el viaje que otros sí hicieron: Otxoa, Foronda, Jonatan, Leo, Jairo? “Quería, soñaba, dudé? Pero había cosas que debían hacerse. Si ha sido así, será que así ha debido ser”, concluye. El río de la vida. Cada uno tiene el suyo.