Gemma Bovery no es una recreación banal de Emma Bovary, sino una variante lúcida que rescata un mal común de nuestro tiempo, la necesidad recrearnos en lo externo, huyendo de nuestra individualidad como fuente de satisfacción. Ambas mujeres se miran desde su espacio histórico temporal, cómplices, reconociéndose la una en la otra. Impulsivas, víctimas fáciles de una pasión vital malograda, con idéntica capacidad para construir castillos en el aire, que se desmoronan al menor golpe de viento.

Emma y Gemma se asfixian con sus propios sueños: la constante es dar lo mejor de sí mismas para que nada funcione. Son creadoras de fuegos artificiales imposibles de mantener a largo plazo. Elaboran proyectos sin mácula perfectamente sostenibles de haber sido ejecutados con constancia, virtud de la que indiscutiblemente nuestras enfants terribles carecen. Ambas heroínas proyectan su falta de amor propio en personas erróneamente elegidas, inconscientes de su potencial creativo y de su valiosa individualidad.

El ahora clásico de Flaubert fue un dardo intencionado lanzado contra la novela romántica, tal y como se planteaba hasta entonces. Un intento infructuoso de desvelar la doble moral de la burguesía de la época, que ejercía su libertad sibilinamente, sin escandalizar a los criados, ni espantar a los caballos, desencadenando una polémica que sería llevada a los tribunales: un grito contundente y realista que puso en la palestra la insatisfacción femenina, hasta entonces silenciada por la Iglesia y el entramado social.

El enclave perfecto para el drama que se gesta es un pequeño cottage en la siempre bucólica Normandía, un mismo espacio, donde la catástrofe anunciada es recreada siglo y medio después, exhibiendo sin tabúes las cicatrices del sobreconsumo interpersonal y material marcado por los tiempos.

NOVELA GRÁFICA

GEMMA BOVERY

Autor: Posy Simmonds.

Editorial: Denoël Graphic

Grand Prix de la Bande Dessinée Angoûleme 2024.

Traductores: Lili Sztajn&Jean-Luc Fromental

El bovarysmo ha cambiado de estructuras, pero no de naturaleza. Gemma, al igual que Emma, proyecta su vida desde su imaginario estético, novelesco, siempre irreal. La tiranía es la misma en su esencia, desde un rechazo irrefutable de lo simple, en una búsqueda enfermiza de la felicidad en factores externos, siempre fuera de sí mismas.

La genialidad de Simmonds consiste en desviar el foco de la atención, rompiendo con la estructura más tradicional de las historias ilustradas, en un collage delicioso de dibujos, cortes, anuncios y artículos de prensa, cartas y demandas judiciales, prosado con textos narrativos en los márgenes. Multiplicando las perspectivas, plasma la disociación emocional de Gemma entre lo tangible y lo inasequible, como si la realidad también resultara una reverberación de una luz inalcanzable, como si la identidad no fuese sino una superposición asfixiante de expectativas.

Joubert se desmarca como narrador omnisciente y lector a la par. El panadero artesano e ilustrado es quien registra e interpreta, colándose en una trama donde se anhela protagonista y se revela como motor narrativo. Su actitud quijotesca y obsesiva le otorga un papel mediador entre la ficción y la crítica. Lee y observa con impotencia el desarrollo de los acontecimientos, reconoce las señales y anticipa la caída sin poder evitarla.

El lector, al igual que Joubert, se torna cronista, abrumado ante la absoluta falta de conciencia de Gemma, desesperado frente a la aparente indiferencia de Charlie, espectador consciente de su propia expectativa del drama, del desenlace anticipadamente fatal que late a lo largo de ambas obras.

La alta probabilidad del desastre despierta una repulsa profunda hacia el cinismo patente de quienes rodean a las protagonistas. Lo más impactante del análisis de la guionista e ilustradora Simmonds no es el adulterio en sí, tampoco la recreación del mito, sino lo premonitorio del relato de un desastre anunciado entre malentendidos, miradas cruzadas y fragmentos del clásico analizados compulsivamente, tendiendo un puente entre dos épocas, condenando en la pretensión de salvar.

La genialidad de Simmonds consiste en desviar el foco de la atención, rompiendo con la estructura más tradicional de las historias ilustradas

El receptor conocedor de esta historia asume la literatura como manual de supervivencia: una herramienta preciosa y ejemplarizante, capaz de paliar la catástrofe. La novela de Simmonds, al contrario, alarma, desprotege, expone de manera acelerada, desgranando sin circunloquios un final que no defrauda.

Los márgenes y las ilustraciones fuera de marco exponen tanto como las viñetas, rompiendo los moldes clásicos de la novela gráfica. Se desarma categóricamente la tiranía de las formas: texto e imagen cohabitan en un equilibrio armónico que destila sin miramientos la futilidad de las emociones cuando se recurre a ellas por evasión. Los sentimientos se disfrazan de creencia y son manipulados como vía de escape de un yo que se antoja insoportable. El romanticismo se distorsiona en logística. Ni novela, ni cómic, ni sátira: las viñetas palpitan puro simbolismo.

La obra, compleja y profundamente melancólica, supone el tránsito de la cultura del escándalo a la de la normalización, de un final trágicamente sublime al más puramente banal. En una lectura híbrida, ambas heroínas son víctimas de la incapacidad de vivir el presente en pro de un ideal gestado, de lo conveniente, de ilusión frustrada y confianza desvanecida.

La cultura, la literatura y el cómic urgen: son nutrientes vitales que traspasan papel y conciencias, entes evolutivos que se alimentan de presentaciones, de charlas, de citas y de encuentros. Exigen espacios donde los márgenes y subrayados, las notas y las interpretaciones sean centro y eco de su obra. Los encuentros entre lectores, guionistas, coloristas, ilustradores, traductores y editores son esenciales para su supervivencia. Las creaciones sobreviven a sus autores y heroínas, pero difícilmente llegan a su público sin un espacio de acogida y celebración.

El receptor conocedor de esta historia asume la literatura como manual de supervivencia: una herramienta preciosa y ejemplarizante, capaz de paliar la catástrofe

Gemma Bovery nos recuerda que las historias no mueren cuando se versionan, sino cuando se les es vetado el espacio para ser divulgadas. La sentencia de Flaubert fue un juicio, la de Simmonds y el mundo del cómic, el veto de encuentros entre creadores y apasionados del noveno arte. La obra que nos ocupa, ganadora meritoria del primer premio del Festival Internacional del Cómic de Angulema en 2024, la que fuera su la quincuagésima primera y penúltima edición, nos recuerda que recrear un mito no es empobrecerlo, sino ofrecerle un presente necesario, una mirada diferente, un momento compartido.