Gloria y Mirilla

(XLVI) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

03.05.2020 | 01:17
Audiofragmento del capítulo XLVI, locutado por Ramón Chomón
(XLVI) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

Un día, un capítulo. La novela ‘El silencio del virus’ se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

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De un tiempo a esta parte, dentro del nuevo periodo que aspiraba a una normalidad parecida a la que nunca se parecería ya, a falta de una semana para que arrancara la segunda fase que llenaría otra vez de gente la calle, Jelen y Matos no habían vuelto a juntarse para hablar. Tampoco Jelen y Unai. Bueno. Sí.

Aunque no mediara palabra casi entre ambos, se vieron en la iglesia de Los Ángeles cuando Unai llegó tarde al funeral de Teresa, la madre de su amigo Landa.

Unai entró sigiloso al templo. Unai se colocó a la derecha de Jelen. Jelen le miró largamente cuando lo descubrió. Unai le aguantó la mirada con el ánimo de otear el ánima de aquellos ojos que conocía tan bien y a los que tanto echaba de menos.

La línea invisible que juntaba uno y otro mundo de aquellos pares de ojos separados por dos metros de distancia y por muchas cosas más, se rompió cuando Jelen levantó su mano derecha para mostrarle a su ex los índice, anular y corazón extendidos. Tres. Unai no entendió el gesto, por mucho que moviera Jelen los dedos. Por eso Jelen tuvo que señalar al primero de los bancos de la iglesia. Nagore. Una persona. Landa. Dos personas. El dedo volvió al pecho de Jelen. Tres personas. Solo podían estar tres en el funeral. Eran las normas.

Como Unai estaba nervioso por estar tan cerca de Jelen y no comprendía nada, Jelen se vio obligada a susurrar el significado de su comunicación no verbal.

Unai abandonó la iglesia. Mientras caminaba por la Avenida de Gasteiz deseó no volver a ver a Jelen jamás y tanto lo deseó que solo pensaba en volver a verla siempre. Lloró. Lloró por primera vez la pérdida. Lloró como hacía muchísimo que no lloraba. Lloró mientras se perdía el rastro de sus pasos por la Avenida. Lloró sin métrica. Lloró con la respiración fuera del compás de la respiración. Unai lloró mucha Jelen aquella tarde.

Luego pasarían las noches. Hablaría mucho, demasiado, y no parafrotar el tiempo y sí para acariciar el sentido de la ficción real en la que se hundía.

Fueron casi veinticuatro horas sin descanso en las que junto a Juantxu y Amalia aventuró víricas teorías. Sucedió luego que hubo una mañana en la que Unai despertó y Amalia ya no estaba allí. Aquel fue el momento en el que Juantxu y Unai decidieron actuar. Se repartieron el trabajo. Había capítulos en la novela que señalaban bastante bien los lugares a los que tenían que dirigirse.

A ti no te hace falta la placa porque donde vas a ir ya te conocen. Pásamela. Le dijo Juantxu a Unai.

Unai se la entregó.

Unai se empeñaba en seguir la clave ALICE C'EST MOI. La clave de todo. Alicia soy yo. La clave de los barrios. La clave que llevaría hasta la mujer que telefoneó al retén y habló al comienzo con Unai.

Hay dos jinetes a caballo en Portal de Arriaga. Dijo Alicia aquella noche inolvidable para Unai.

Tengo la dirección de Alicia ¡Alicia es Matos! Dijo colérico Unai.

Que espere. Lo primero son los flecos. Ya llegará ese momento. Dijo Juantxu.

¿Y Amalia? preguntó Unai.

Tardará en volver. Si vuelve. Que no sé. Dijo Juantxu.

Unai cogió una chamarra y salió de casa de Juantxu. Conocía tan bien el camino hacia su calle que bien podía haberlo trazado con los ojos cerrados. Todavía tenía llaves. Cuando llegó, abrió el portal y subió por las escaleras. No quería toparse con quien no tenía que encontrarse. Al llegar al descansillo echó un vistazo a las tres puertas. Llamó a la de la derecha con los nudillos. Luego tocó el timbre.

Gloria no paró de mirar el televisor durante todo el rato que Unai estuvo preguntando. Miraba las imágenes del aparato sin mirarlas y sin mirarle a él.

Cuando Unai ya lo daba todo por perdido, cuando ninguna de las pistas que había ido a buscar a casa de Gloria se hicieron visibles, fue cuando más habló aquella mujer. Y no es que dijera mucho. Pero las cuatro frases que soltó explicaron mas que cien párrafos.

Me preguntas por Miren, mi hija. Dijo Gloria. Yo no tengo ninguna hija con ese nombre. Dijo Gloria. Mi hija se llamaba Amalia, pero ya no está. Murió hace cuatro años. Dijo Gloria.

Unai cerró la puerta de la casa de Gloria. Lo hizo desorbitado, tanto que no midió el golpetazo. El portazo se oyó muy bien en la casa donde no debería haberse oído. El ruido se oyó justo en el momento en el que Matos se disponía a salir de la casa de Jelen tras llevar con ella hablando casi toda la mañana.

Jelen entonces se llevó un dedo a los labios mirando a Matos. Unai, al otro lado de la puerta, en el descansillo, intentaba caminar sin hacer ruido. Jelen miró por la mirilla y vio a Unai. Le estuvo mirando un buen rato por aquel ojo de pez. La imagen de Unai que Jelen veía estaba un poco deformada por efecto de la lente. Por eso Jelen no sabía si Unai se iba ya o qué pasaba. El caso es que no se movía.

Unai se había quedado como traspuesto pensando en lo que le había dicho Gloria. Unai se acordó en aquel instante de la novela que Juantxu le obligó a leer. Solaris. Unai relacionó a Harey, un personaje de Stanislaw Lem, con Amalia. Puede ser. Pensó Unai. Luego se giró hacia la puerta de la casa en la que vivió con Jelen hasta hace muy poco.

Unai miró la mirilla.Continuará