Pachamama

(XIII) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

30.03.2020 | 00:39
Audiofragmento del capítulo XIII, locutado por Mertxe Hernández.
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Casi dos semanas ya en aquella situación harto insólita y grave. Aunque Jelen llevara más tiempo. Porque para Jelen y sus compas del hospi todo empezó un fatídico dos de marzo. Pensaba Jelén mientras se tomaba un café en la sala de una de las plantas del gran hospital de Txagorritxu un día y otro, el noveno, el décimo, el undécimo, el duodécimo de cuarentena. No es que fueran iguales todas las jornadas. Lo que ocurría es que aquel era su momento para pensar, para evadirse, para ser ella misma desde ella misma. Le dolía el cuello. Se quitaba la mascarilla y la careta, los guantes de nitrilo, la bata de plástico verde, la bata de plástico blanca. Se lavaba cada poco las manos.

Jelen recordó el momento en el que salió de su trabajo la tarde en la que todas empezaban a ver determinadas cosas. China estaba más cerca que nunca. Recordó coger el autobús. Recordó ver la ciudad con su danza de gentes en coreografía de abejas. Recordó que le dieron ganas de pararse en medio y gritar a todo el mundo ¡No os acerquéis entre vosotros! ¡No toquéis las barandillas! ¡Tapaos la boca! ¡Meteos en casa! Pero eran gritos sordos ¿Y si lo que empezaban a ver en su planta era una falsa alarma? ¿Y si todo podía controlarse antes de que se descontrolara?

Jelen se tomó el café en dos tiempos. Siempre dejaba un resto en el fondo del vaso, unas gotas de coffee arábiga que miraba mientras su mente le viajaba por las piezas caóticas de los puzzles de todos los días pasados y puestos encima de una mesa de ajedrez. Miró el charquito marrón.

En ese instante su mente le llevó al año pasado. Cuando Unai y ella se veían más, hablaban más y compartían más cosas que una cama caliente sin nadie al lado a quien abrazarse. Una noche de aquellas de un antaño como cualquier otra, pero fundamental.

Mientras Jelen navegaba esa noche por la red encontró una web llamada lurrapatxamama.eus. Jelen recordaba a la perfección un artículo escrito allí por un tal Javier Matos. Jelén lo recordó en su tiempo de descanso el décimo, el undécimo, el duodécimo de cuarentena. Se lo tengo que preguntar a Unai. Pensó Jelen.

El apellido le sonaba del Instituto de Los Herrán. Pero solo el apellido. Recordaba un Matos. Pero no recordaba que se llamara Javier. No podía ser. Javier no era el nombre de aquel chaval silencioso que se incorporó a su clase en el bachillerato. Aquel tipo tímido que venía de un pueblo perdido en Gredos. Ávila. De nuevo su mente concentrada en las gotas de café.

En aquel post se hablaba de una región de Bolivia llamada Bautista Saavedra. En varias enclaves de aquella zona montañosa y escarpada que lindaba con Perú y más al Norte con la Amazonía, vivían unos yerberos ancestrales pertenecientes a una etnia originaria de esa provincia, que tomaban el nombre de Kallawaya. Matos explicaba que eran curadores, que el nombre quería decir el que lleva al hombro las hierbas medicinales en aymara. Seguían las antiguas rutas incaicas y aportaban a las gentes reencuentro desde la naturaleza hacia la salud en rituales de todo tipo, alejando a los enfermos de los designios de la muerte.

Una de las hierbas que utilizaban era la que curaba el mal de los pantanos, la que se llamó de los jesuitas hace siglos, la que decían del cardenal, polvos del color de la canela, polvos color café. Esa medicina provenía de una variedad de Cinchona, llamado así porque curó a una condesa de Chinchón, un árbol que se estaba extinguiendo en distintos países sudamericanos, Bolivia, Perú, Colombia, Ecuador. Y concretamente de un tipo de árbol de las cincuenta especies existentes de Cinchona en el mundo, el Cinchona Oficinalis, del que se extraía la quina, la quinquina, la corteza de las cortezas y luego se hacía polvo. La quinquina era la fuente con la que se hacía la cloro y la hidroxicloroquina.

Farmacopea natural contra la malaria. Pensó Jelen mientras seguía recordando con la mirada vagabunda por otro punto de la habitación vacía, perdida en un lugar del continente americano. Si no llega a ser por esa corteza de las cortezas no se hubiera construido el Canal de Panamá.

Jelen salió al pasillo. No había nadie. Se oían los respiradores como bufidos suaves de bisontes que salían de las habitaciones calladas. Es lo único que tenemos contra este virus, una medicación que no sabemos si funciona, la hidroxicloroquina. Jelen iba por el pasillo como pudiera ir Tupac, un Kallawaya, por la región boliviana de Saavedra, por el pasillo vacío, por las montañas de las rutas incaicas, con el afán de sanar, con su bolsita de hierbas al hombro.

Lo que más le acongojaba era la soledad de muchas de las personas que se curaban en su planta. Aunque tuvieran esmarfon. Oía sus videollamadas, cuando podían hablar. Una visita al día. Poco.

Jelen avanzó por el pasillo y recordó haber leído anoche una noticia que hablaba de una aldea peruana, en uno de los dientes altos de la espina dorsal andina, en un pueblo de Cajamarca. Allí, un grupo de hombres la emprendió con antorchas contra unos murciélagos que dormitaban boca abajo en su cueva. Los animalillos huyeron y se parapetaron en las aulas de una escuela vacía. Cuando intentaron acabar con ellos por segunda vez, un grupo de niños se interpuso y les dijo que no lo hicieran. Los niños gritaban. Algunos lloraban ¡No lo hagáis! ¡No los queméis! Ellos no tienen la culpa. Continuará...