La mente indiscreta

(IX) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

26.03.2020 | 01:56
El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso, locución de Ignatius Farray
El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso, locución de Ignatius Farray

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Era impredecible. El silencio de las calles sin gente le recordaba siempre a Unai el destino de las amistades perdidas. Y en aquella madrugada mucho más. Había dejado atrás la Gorbea. Se había parado a mitad de Cruz Blanca. A su izquierda el colegio Presentación de María. A su derecha la plaza de Zaldiaran, el valle de los caballos. Decidió entrar con la moto en aquel pasadizo entre bloques, aquella plaza con columpios, aquel lugar encajado en un rincón de su cabeza como un libro antiguo en la estantería de la Biblioteca Ignacio Aldecoa.

Quería estar en la esquina del cine Azul, donde hace mucho tiempo se proyectaban películas en la pequeña ciudad. Los lugares siempre guardan la memoria del tiempo. Lo hacen de una manera especial. Reflexionó Unai. Los lugares juegan con la memoria de las personas, juegan al despiste, al escondite, como si fueran niños. Unos, los lugares, hacen de cacos. Y se esconden. Otras, las memorias de la gente hacen de polis. De polis que buscan a cacos escondidos. Lugares olvidados. Pensó Unai.

El ronroneo suave de la moto a mínima velocidad le daba a la búsqueda una cualidad de sigilo, como si estuviera dentro de una película en uno de los momentos dramáticos que preceden a una revelación importante. Bajo una música de fondo tipo Bernard Herrmann, tipo La Ventana Indiscreta de Alfred Hitchcock.

En lo que fue el cine había un estudio de arquitectura. Intentó recordar de nuevo alguna secuencia de aquella película de Yimou, Una mujer china. La que vio con alguien a quien no recordaba. Intentó recordar qué hizo después. Con quién iba caminando por la calle tras la peli, aquella tarde remota.

¿Fueron a otro lugar a comentar la película? ¿Era Eduardo la persona que vio con él aquel largometraje? No. Eduardo no era. Pensó Unai. Por cierto, a ver si le preguntó cómo están allí, en las coles. Sonrió dentro de su pensar Unai. Sonrieron también sus labios. La primera vez que Landa le dijo a Eduardo aquello de las coles, Edu y Landa se partieron de risa. Luego no tendría mucha más gracia, pero Landa se lo decía cada vez que volvían a verse en la pequeña ciudad. Unai recordaba ahora, mientras atravesaba el valle de los caballos, la primera vez que Landa se lo dijo.

Ya te vale. Le contestó Eduardo. Es una manera muy gilipollas de llamar a la ciudad donde vivo, Landa. Unai recordaba completo ahora aquel lejano diálogo. ¿No vives en Bruselas?, recordó Unai que dijo Landa. Pues eso, en las coles. Unai oyó el estruendo de aquella carcajada, la de Landa. ¿Era Landa el que fue con él a ver Una mujer china? No. No podía recordarlo. No. No era. No.

Lo que sí que recordaba Unai era a un amigo de Eduardo, un conocido. Alguien que entró con ellos en la cuadrilla cuando estaban en segundo de BUP.

¿Cómo se llamaba? Dejó el recuerdo y volvió a su trabajo porque vio algo al final de la plaza, a la altura casi de Badaia.

¿Quién estaría a esas horas en la calle? Unai miró hacia los jardines. Echó a los jardines varios vistazos latigazos como si estuviera haciendo fotos a motor con los ojos. No vio ningún perro. Aquel hombre estaba solo. Estaba sentado. No se le veía en disposición de hacer nada, de dirigirse hacia lugar ninguno. Estaba sentado en uno de los bancos de la plaza, muy cerca de lo que fue la librería Zalo, donde, recordó Unai, hace mucho tiempo, en lo remoto de la pequeña ciudad, Unai compró un libro que había sido básico para él, Historia del Cine, de Roman Gubern.

Esa persona que estaba en el banco ni siquiera se giró al oír el sonido de la moto. Estaba como absorta. Miraba al suelo. Se sujetaba la cabeza con las dos manos como si estas fuesen la base alta de una columna dórica que soportara una esfinge que guarda el misterio de Edipo. Su cara.

En las tablas del banco, pegado a él, un bolsón con una correa que le cruzaba el pecho. Llevaba una gorra americana de los New Yorks. Miraba el suelo, pero sin mirar a ninguna parte. Unai calculó mentalmente dos metros de separación entre ese tipo y él para poder detenerse y hablarle. Los polis locales estamos acostumbrados hace mucho tiempo a esta nueva norma de distancia entre humanos. Pensó Unai. Siempre lo hemos hecho por seguridad. Antes de todo esto. Pensó Unai. Por eso nos sale de manera automática. No nos cuesta tanto como al resto de la gente. Pensó Unai. Unai también recordó que estaba justo en el punto donde estaba la frontera entre Zaldiaran, el valle de los caballos y el bosque, Badaia.

Buenas noches. Dijo Unai con una voz grave y aflautada a la vez. Era su voz, qué se le iba a hacer. Recapacitó Unai. Esa voz le salía cuando llevaba mucho tiempo sin hablar. Pero se atemperaba cuando articulaba más frases.

¿Qué hace usted a estas horas en la calle? Dijo Unai. Josu le miró entonces. Unai y Josu se miraron. Ambos se miraron. Ambos se miraron largo tiempo. Se miraban aquella noche y sin saberlo se miraban en lo remoto. En los tiempos del cine Azul. Se miraron desde los tiempos de la librería Zalo. Responda, por favor. Dijo Unai. Pero Josu seguía mirándole sin abrir la boca. Mejor váyase a casa cuanto antes. Sabe de sobra que no puede estar aquí. Dijo Unai. En ese momento Josu le miró fijo a Unai y le dijo: ¿Tú no te acuerdas de mí?.Continuará