La arquitectura suele explicarse como técnica: cálculo, normativa, eficiencia, metros cuadrados bien resueltos. Ladrillo. Pero antes que construcción es uno de los dispositivos culturales más determinantes que ha producido el ser humano. A través de ella se organiza la vida colectiva. Decide cómo convivimos, cuánto nos cruzamos, dónde permanecemos y dónde simplemente pasamos. No solo levanta edificios: establece formas de sociedad.
Habitar no consiste únicamente en ocupar una vivienda, una oficina o un local comercial. La arquitectura actúa a otra escala. Es urbanismo. Define barrios, distribuye accesos, reparte centralidades y periferias. Determina quién tiene plaza y quién tiene rotonda, quién encuentra banco y quién solo tránsito. Las ciudades no crecen de manera neutral. Cada calle responde a una idea previa sobre cómo debe funcionar la vida común, aunque esa idea rara vez se discuta públicamente.
Sin embargo, existe otra arquitectura menos visible: la que aparece cuando el plan todavía no ha terminado de cumplirse. Porque entre el render y la realidad siempre hay un desfase. Nuevas promociones habitadas sin comercio, barrios inaugurados sin sombra, aceras impecables que aún no conducen a ningún sitio. Y, sobre todo, descampados. Parcelas valladas que esperan inversión mientras permanecen suspendidas en un limbo administrativo. Espacios donde no se construye, pero tampoco se permite vivir. Tierra removida, carteles de “próxima promoción” y años de espera sin uso posible.
Ese tiempo intermedio apenas interesa al urbanismo oficial. Los planes dibujan comienzos y finales, pero ignoran el mientras tanto. Sin embargo, es ahí donde la ciudad empieza realmente a funcionar. Donde aparecen bancos improvisados, recorridos no previstos, usos informales y pequeñas apropiaciones que corrigen lo que el proyecto no supo anticipar. La vida llega antes que la planificación y, casi siempre, sin permiso.
El pasado miércoles, Zas Kultur acogió el encuentro Oficina de hackeos (El descampado inconstruido), con Mikel García y la moderación del artista alavés afincado en Bilbao Esteban Torres. La charla puso el foco precisamente en esos territorios incompletos. García planteó el hackeo arquitectónico como estrategia para intervenir la ciudad desde abajo: pequeñas alteraciones, microacciones y modificaciones capaces de adaptar espacios pensados como productos cerrados a necesidades reales.
Más que hablar de construir, la sesión habló de intervenir. De asumir que la ciudad nunca está terminada y que quizá el problema no sea el descampado, sino la imposibilidad de usarlo mientras espera su rentabilidad futura. Frente a la arquitectura entendida como obra final, apareció otra idea más incómoda: la ciudad como proceso abierto, negociado y continuamente reescrito por quienes la habitan.
Porque una ciudad no se completa cuando terminan las obras. Empieza cuando alguien decide desobedecer ligeramente el plano.