Cuando me pongo nerviosa o tengo una época de mayor estrés, me invaden los TOCs. Yo sé que esto no hay que tomarlo a la ligera y que para algunas personas es un verdadero problema. Sé que es complicado de solventar y que solapa otras muchas cosas que requieren de ayuda. Pero yo estoy ahí metida y diría que más de una vez al año. A veces comienza sin yo darme cuenta. Otras veces, por cómo me observo y me siento, me lo veo venir y me parece que soy más capaz de apaciguar a la bestia. Me pregunto si esto tiene algo que ver con mi condición de madre. ¿Alguna que me esté leyendo también lo padece? No creo que sea yo tan bicho raro. Y me parece que se habla bien poco de este estrés silencioso que vivimos las amas y que nos lleva a comprobar veinte veces con la llave si la puerta está o no bien cerrada, a colocar los libros una y otra vez en la estantería, dentro fuera, dentro fuera, dentro fuera, así hasta un número que te dicta esa vocecita que está en tu interior, sin motivo racional, sólo para tú quedarte inexplicablemente más tranquila. Esa mensajera que te pide abrir y cerrar una cremallera o colocar las camisetas por orden de tamaño, tela y color. Quizá puedan parecer manías absurdas, pero a mí me resulta en ocasiones un laberinto del que me cuesta salir. Es odiosa esta sensación de tener que cumplir unas suerte de misiones ilógicas para calmar una inquietud que a veces campa a sus anchas. Cuando estoy así, mi familia sabe que ya me ha dado el perreque, una forma coloquial de llamar a este mondongo para quitarle hierro. Y, como me quieren como soy, intentan ayudarme a suavizar el impacto de las formas más peregrinas. Y quizá esto venga de lejos, pero merecería un capítulo en los sesudos libros de psiquiatría y en las tesis doctorales sobre sociología. Porque yo seré madre toda mi vida y porque toda vida necesitará de las madres. Pero mejor sin estrés.
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