Agradezco desde el fondo de mis limitadas entendederas que tomen la palabra los políticos en debates temáticos como el del jueves. Tiene momentos de sincera incontinencia y otros de alarde explícito y hasta de mentira con convicción. Si el participante se entrega, afloran sus filias y fobias y su deseo de contagiar con ellas a la sociedad.

De esta semana con dos debates salen conclusiones. No tanto del “pues anda que tú” entre Sánchez y Núñez Feijóo como del celebrado a siete voces, que con el moderador ya daban para un ochote. Afinaban sin dificultad Cuca Gamarra e Iván Espinosa de los Monteros. La del PP y el de Vox no se pisaron los ripios y mantuvieron con aplomo los gallos y estridencias de su melodía. El aplomo del ultraderechista para faltar a la verdad tiene también su mérito. Hubo otro dueto de Patxi López y Aina Vidal; PSOE y Sumar se aferran el uno al otro con la duda de quién lleva el paracaídas, lo que no les ayuda a hacer figuras en el aire. Y otro más de facto: Gabriel Rufián y Oskar Matute. Empastan bien porque el de ERC lanza los agudos sobre la soberanía catalana y provoca con su verbo cachondo y el de EH Bildu cumple en los graves, a pasar desapercibido en ese ámbito, como si nunca hubiese abogado por un prozesua unilateral a imagen del fracasado procès.

Actuó como solista Aitor Esteban. El PNV insiste en su propia tonada y fue el único que se reivindicó en la prioridad de una agenda vasca en Madrid. Le dejó el camino libre Matute, más empeñado en demostrar que es internacionalista que nacionalista vasco, y que dejó para la posteridad la convicción de que a los de Otegi les pueden votar hasta en Valladolid. Que ya es convicción pero también es confesión de que no lleva programa para Euskal Herria.

Creo que obtuvo lo que buscaba Espinosa de los Monteros. Vox está logrando que su xenofobia parezca preocupación por la delincuencia y que su misoginia se compense con el reproche por la excarcelación de un centenar de agresores sexuales. Habló de cosas de las que uno no siempre sabe pero, al contrastar con las que sí conozco, despierta entre admiración y náusea su aplomo para mentir –¿sabían que Sánchez le ha dado al PNV la caja única de la Seguridad Social? No, claro; porque no es cierto pero no deja de repetirlo–.

Le acompañó Cuca Gamarra en el paseíllo que le dan a la ETA desorejada y sin rabo por el coso de la demagogia. Ya casi no les queda qué mostrar, 12 años después de muerto el bicho, pero el PP no dejó escapar la redonda cifra del 26 aniversario del brutal asesinato de Miguel Ángel Blanco para meterlo en campaña. Por respeto a las víctimas, claro, no por manipular los sentimientos –entiéndase la ironía, por amor de Dios–. ¡Ah! Y de los mejores chistes que se pueden escuchar es el de que los autobuses y trenes subvencionados los aprovechan para viajar Amancio Ortega y demás rentas muchimillonarias. Algunos tienen una chispa que cualquier día se les prende el pelo.

Me incidía un amigo ayer sobre el alarde de comunicación no verbal de Patxi López, que constantemente movía la cabeza marcando su negativa a cada reproche de Cuca Gamarra. Pero no sé si tanta insistencia en la oferta dos por uno de Pedro Sánchez y Yolanda Díaz ha dejado claro al electorado si es que pueden votar a los dos a la vez o, como reclamó Aina Vidal, los restos se los pide Sumar para que el último escaño por circunscripción no sea para Vox.

En Euskadi no es el caso. No hay restos para Vox porque la ciudadanía deja sistemáticamente a la ultraderecha para los restos. Aquí, el último escaño se lo juegan PNV, PP, PSOE y EH Bildu y servirá para diluirlo en un grupo parlamentario dirigido desde Madrid, hacerlo en uno alineado con las prioridades de ERC –con quien EH Bildu va en coalición al Senado– o sumarle compañeros al solista Aitor Esteban. No se trata de un augurio, solo de poner en valor la experiencia; de recordar y contrastar el proceder de cada cual en la última legislatura en Madrid. Y, para la siguiente, atarse los machos –que así se llaman las borlas del traje de luces con el que Vox quiere hacernos desfilar–.