El papa Francisco no puede caminar, ni siquiera arrastrando la pierna; lo tienen que llevar en silla de ruedas. La República Democrática del Congo está crucificada por las guerras para apoderarse de sus riquezas minerales como el coltán, litio y otros: la guerra como negocio y la muerte de miles para riqueza de unos pocos. Sudán del Sur que apenas tiene 12 años como nación (nacida en julio de 2011) ya desde los dos años están matándose entre sus dos principales tribus, dinke y nuer. Lleva más de 400.000 muertos y millones de desplazados, un país de 11 millones con 70% de cristianos. En el Congo los católicos son 40 millones y con las otras confesiones cristianas suman el 90% de ese gran país de 100 millones. Guerra, miseria y odio en ambos países.

Este viaje imprudente fue aplazado varias veces por fuertes obstáculos y razones; los responsables y asesores de la seguridad del papa lo desaconsejaban por arriesgado e imprudente y el papa de 86 años tenía abundantes motivos para desistir de él. Pero Francisco se sintió fuertemente llamado por el Espíritu de Jesús de Nazaret a correr los riesgos para llevar la esperanza, la reconciliación y la paz a estos pueblos atormentados por las armas, el odio, la corrupción y la pobreza. Venciendo todos los obstáculos los visitó del 31 de enero al 5 de febrero. Con un lenguaje directo y hablando “de corazón a corazón” Francisco los llamó a la paz, al perdón y a la reconciliación, y denunció la criminal corrupción de los poderes y a aquellos capitales que vienen “a explotar al Congo”. Sí dijo “explotar”, aunque pidió perdón por esta dura palabra, que obviamente irrita a los explotadores. Hoy en muchos países prevalece un “capitalismo civilizado”, pero en otros muchos –sobre todo en África- impera el “capitalismo salvaje”, para el cual la vida de cientos de miles de africanos vale menos que unas toneladas de mineral…

No solo resultó asombrosa y emocionante la celebración de la misa en liturgia católica congolesa con más de un millón de creyentes en Kinshasa, sino también el hecho de que –sobre todo visita a Sudán del Sur– la compartieran como hermanos el papa católico con Justin Welhy, arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia Anglicana y con Ian Greenshield, moderador de la Asamblea de la Iglesia de Escocia (presbiteriana). Precedido de un trabajo previo juntos y con un compromiso de futuro trabajo en esos países.

En Yuba, capital de Sudán del Sur, el papa con amor y franqueza le recordó al presidente Salva Kiir Majardit (etnia dinka) el necesario acuerdo de paz, que aceptaron en 2019 los líderes políticos enfrentados y luego violaron en este país que se desangra con la mayoría en extrema pobreza y cientos de miles de niños sin futuro.

Como muy bien dijo el arzobispo Wheel en rueda de prensa en el avión de regreso a Roma, no debería llamar la atención que los tres prelados creyentes en el único Cristo resucitado andemos juntos en esta visita, pues siempre deberíamos caminar juntos. Y añadió refiriéndose a las rupturas del siglo XVI del catolicismo y las nuevas denominaciones protestantes: “Si quienes pasaron 150 años matándose y los 300 siguientes condenándose pueden ahora buscar juntos la paz y la reconciliación, entonces cualquiera puede hacerlo”. Esto da también un toque de humildad a los europeos para que no se sientan dando lecciones a los africanos. Ese reconocimiento de cristianos europeos rechazándose durante siglos es una vergüenza y un estímulo para cambiar y actuar ahora por encima de barreras, alambradas y muros de odio y desprecio, como lo hizo Jesús con leprosos y excluidos.

Estas realidades inhumanas a los que el papa responde dejando de lado obstáculos y razones de salud y de seguridad, no terminan en África y antes de llegar a Roma sacude sus conciencias el terrible terremoto que asoló a una parte de Turquía y de Siria donde una empresa alemana de análisis de riegos advierte de que el número final de muertos podría oscilar entre 75.000 y 90.000. Tragedia que toca la fibra más profunda de la humanidad y despierta respuestas emocionantes de diversas naciones, que olvidándose de barreras religiosas y cálculos políticos se vuelcan en fraterna solidaridad. También la monstruosa guerra en Ucrania apela a la humanidad por encima de intereses imperiales, ambiciones territoriales y negocios armamentistas.

Lamentablemente hay poderosas empresas empeñadas en convertir al papa en comunista reparten la venenosa bebida del “papacomunismo” que parecen beber con ingenua fruición no pocos católicos y quedan drogados y con la mente bloqueada contra el papa. Además poderosas empresas de comunicación ningunearon esta visita papal de manera que esos “creyentes devotos” del comunismo papal no se enteraran de “lo que –según dijo el arzobispo anglicano Welby– el santo padre dijo de manera maravillosa y precisa”. Más allá de los negocios el mundo necesita liderazgo espiritual audaz, como acaban de demostrar los tres líderes cristianos unidos.

Exrector de la Universidad Católica de Caracas