unca imaginé que iba a apreciar tanto el silencio como lo aprecio después de haber sido madre. Qué cosas. Reconozco que no he sido ni soy una persona a la que la soledad se le haya hecho cuesta arriba. La busqué después de compartir piso muchos años y la disfruté sin complejos. Ahora, a veces, la añoro como una utopía muy, muy lejana. Tampoco es que haya sido ni sea espiritual en exceso, vamos, que en mi anterior vida no es que fuera buscando el silencio como bálsamo contra el mundanal ruido... Pero ahora... ¡Ay, ahora! El regalo del silencio es una lotería inalcanzable... Os pongo en contexto. Nuestro día a día en casa desde que nos levantamos es una continua banda sonora, un hilo musical que suena más o menos así: "Ama, no encuentro los calcetines, aita, límpiame las cacas que ya he terminado, ama, ayudame a lavarme las manos, aita, quiero pintar, ama, ¿me dejas unas tijeras?, aita, tengo hambre, ama, ¿cuándo vamos al parque?, aita, léeme un cuento, no ese no, quiero otro, quiero el que tiene ella, ama, ¿a quién le toca ir a la cama?, ama, es que él me ha pegado, aita, es que ella me ha tirado del pelo primero, ama, quiero la bici, aita, no quiero la bici, ama, quiero estar solo contigo, aita, cógeme en brazos, ama, ¿me traes una banqueta y una revista al baño?, aita, quiero con ama, ama quiero con aita, ama, ponme, aita, quítame, ama, dame, aita, toma, ama, ven, aita, vete... Ama, aita, ama, aita, ama, aita....". Y todo esto en estéreo, que tenemos dos, y con un nivel de decibelios que a la meditación, precisamente, no invita. Así que últimamente le araño horas al sueño para levantarme antes, hacerme un café, sentarme frente a la ventana de la cocina y respirar hondo... Muy hondo... Y en ese momento de paz absoluta imagino que, más lejos o más cerca, hay otra madre, otro padre, que está haciendo exactamente lo mismo que yo. Estoy contigo hermana.