El Baskonia ha vuelto a levantar la Copa ACB. La séptima de su historia, 17 años después de la última, aquella que conquistó en 2009 frente al Unicaja. Y uno de los grandes responsables de que el trofeo regrese a Vitoria-Gasteiz es Paolo Galbiati. El técnico italiano ha moldeado un grupo que parecía destinado a sufrir y lo ha convertido en un equipo capaz de doblegar al Real Madrid en una final (89-100) a base de corazón, sacrificio y una fortaleza mental fuera de lo común.

Galbiati aterrizó en el banquillo baskonista este verano con la misión de construir un equipo a base de jugadores jóvenes, sin grandes nombres y con más dudas que certezas. El arranque de temporada fue complicado, los resultados no acompañaban y los viejos fantasmas no tardaron en aparecer.

Hubo momentos en los que el proyecto parecía tambalearse, en los que las voces críticas ganaban volumen. Sin embargo, el italiano nunca perdió la fe en lo que estaba construyendo. Mes a mes, entrenamiento a entrenamiento, fue tallando un bloque que ha terminado por explotar en el mejor escenario posible: una final de Copa, torneo siempre especial para la hinchada baskonista.

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Las mejores imágenes del Real Madrid-Baskonia ACB PHOTO

La cita ante el Real Madrid fue el reflejo perfecto de lo que este Baskonia representa. Nada fue fácil. Los de Galbiati arrancaron el partido a trompicones, con un 13-4 en contra que invitaba al pesimismo. El conjunto blanco apretaba con su habitual poderío, su calidad individual parecía imponer la ley. Cualquier otro equipo se hubiera venido abajo; pero este, no. Jugadores capaces de alimentarse de la adversidad.

Porque si algo define a este grupo es su capacidad para levantarse, para sacudirse los golpes y volver a pelear. Lo demostraron ya en semifinales frente al Barcelona, donde remontaron momentos muy complicados para acabar imponiéndose por 67-70 ante uno de los grandes favoritos del torneo. Y lo repitieron, con mayúsculas, en la cita decisiva.

De nuevo once puntos por detrás del Madrid, esta vez en el segundo cuarto, el Baskonia apretó los dientes, ajustó su intensidad defensiva y fue recortando la diferencia poco a poco. Un parcial de 26-21 al descanso devolvió la fe, aunque los blancos no aflojaban. En el tercer envite, con un 72-64 adverso, la distancia volvió a hacerse incómoda, ocho puntos que pesaban como una losa. Pero el empate a 20 en ese parcial mantuvo a los gasteiztarras con vida, agazapados, esperando el momento de dar el zarpazo definitivo.

CARÁCTER EN EL MOMENTO CLAVE

Y ese momento llegó en el último cuarto. Cuando las piernas pesan, cuando la presión aprieta y el margen de error desaparece, ahí es donde se miden los verdaderos campeones. Ahí es donde aparecen los guerreros. El Baskonia firmó un arrollador 17-33 en los diez minutos finales que dejó a los de Scariolo completamente noqueados, sin capacidad de reacción. Fue un cierre magistral, ejecutado con la precisión de un grupo que nunca ha dejado de creer en sus posibilidades.

Forrest, nombrado MVP, firmó una actuación descomunal: 22 puntos, 9 rebotes y 11 asistencias, rozando el triple-doble y gobernando cada faceta del juego con una autoridad monstruosa. La mecha también la encendió en los momentos decisivos Luwawu-Cabarrot. El francés cuajó una exhibición ofensiva con 28 puntos y 32 de valoración, desatando una tormenta de anotación que el Madrid fue incapaz de frenar. Galbiati ha conseguido que ambos ofrezcan su mejor versión precisamente en la cita más importante, y eso no es casualidad: es trabajo.

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En imágenes: La final también se juega en Gasteiz Alex Larretxi

Pero el éxito baskonista no se entendería solo por estos dos jugadores, pues se trata de un triunfo coral, capaz incluso de sobreponerse a casi tres minutos sin Luwawu-Cabarrot, eliminado al final. Diakite y Omoruyi, dos piezas que llegaron sin apenas cartel y de los que pocos esperaban gran cosa, se han revelado como piezas fundamentales durante todo el torneo, aportando energía, defensa y puntos en los momentos oportunos. Kurucs y Howard, entre algodones y sin estar al cien por cien físicamente, se dejaron hasta la última gota sobre la pista. Igual que Spagnolo, Radzevicius y el resto. Y haciendo frente a otros inconvenientes como las no convocatorias de Simmons. No hubo excusas.

EQUIPO DE GUERREROS

Esa es, quizá, la mayor obra de Galbiati. No ha construido un equipo de estrellas, sino un equipo de guerreros. Ha recuperado ese carácter histórico del Baskonia, ese ADN competitivo con el que la afición tanto se emociona y se identifica, y que durante algunos años pareció diluirse entre fichajes sin alma y proyectos sin rumbo.

El mismo espíritu que llenó el Roig Arena de color durante toda la Copa, con una hinchada azulgrana entregada desde la primera eliminatoria hasta el último segundo de la final. Porque esta hinchada se ha reconocido en sus jugadores, en su manera de pelear cada balón, de no darse por vencidos jamás, de creer incluso cuando todo parecía perdido.

Galbiati fue cuestionado. Su equipo fue subestimado. La temporada empezó torcida, con lesiones, con derrotas que dolían, con un horizonte que no invitaba al optimismo. Nada de eso importa ya. Lo que queda es una Copa ACB, la séptima, conquistada con las armas que mejor definen al baloncesto gasteiztarra: trabajo, entrega y un orgullo colectivo que no entiende de límites. El monstruo que ha creado el técnico italiano tiene nombre propio, ruge con fuerza y no piensa parar. El Baskonia está aquí.