17 años después, Vitoria volvió a detenerse ante una final de Copa del Rey del Baskonia. No era solo un partido. Era una deuda emocional pendiente desde 2009, un recuerdo que había quedado suspendido en el tiempo y que por fin encontraba una nueva oportunidad. La ciudad amaneció distinta, con ese nervio previo a las grandes citas. No se hablaba de otra cosa. La posibilidad de sumar la séptima Copa del Rey había devuelto al baskonismo una ilusión que llevaba demasiado tiempo guardada.

Las ganas de una nueva final 17 años después se dejaron ver desde el principio. Los gritos y la emoción de los aficionados baskonistas ya se podían sentir antes del partido, deseosos de sumar un séptimo título copero a su vitrina.

Los continuos y sonoros cánticos de “¡A por la Copa!” animaban a los suyos a casi 600 kilómetros de la histórica cita. Con la esperanza de quien sabe que los jugadores no escuchan, pero pueden sentir el ánimo de toda una ciudad que sabía que vivía un día irrepetible.

17 años después

Tantos años desde la última Copa del Rey dan para mucho. Varios aficionados que hoy se encontraban apoyando a los azulgranas ni siquiera habían vivido ya no solo el último título copero del equipo, sino ni siquiera una final del torneo fetiche de los vitorianos.

“Es mi primera final de Copa del Baskonia que recuerdo haber vivido. Es un auténtico orgullo”, admitía un joven aficionado. “Llevamos eufóricos desde el viernes”, reconocía otro hincha, todavía emocionado por la impresionante actuación de los de Galbiati en el torneo del K.O desde el viernes.

El mal inicio de partido de los azulgranas no pudo bajar los ánimos de los numerosos aficionados y, aunque no fuera gracias a ello, pareció que sí: el Baskonia comenzó a reaccionar hasta ponerse por encima del Real Madrid en el marcador.

Las continuas canastas de Cabarrot, el impresionante mate de Forrest ante Tavares o la inexpugnable defensa de Diakite eran celebradas como si fueran la canasta decisiva. Y no era para menos. El Baskonia le estaba poniendo el partido muy complicado a todo un Real Madrid.

Sin embargo, al descanso no fue suficiente y acabaron la primera mitad cinco puntos abajo. Eso no impedía a los hinchas seguir soñando con la ansiada séptima Copa. “Hace falta seguir anotando y apretar en defensa”, afirmaba un aficionado; “Es el Madrid, ya nos esperábamos lo que nos íbamos a encontrar, pero aún estamos en el partido”, advertía otro.

También los había más optimistas, convencidos de que el Baskonia iba a “ganar cien por cien”. Esa afirmación tan convencida fue seguida del ya archiconocido cántico que mezcla una canción de Bad Bunny con el deseo del baskonismo de ver a Galbiati hacer campeón al equipo.

Remontada histórica

A medida que avanzaban los minutos, crecía la euforia. El Baskonia continuaba pegado en el resultado al Real Madrid y los seguidores se hacían notar más que nunca. Los cánticos que tantas veces se entonaron en el Buesa Arena resonaban con fuerza en bares y calles vitorianas.

El equipo entró al último cuarto por debajo en el luminoso, pero con las esperanzas intactas. Y se notó. El espectacular y ya histórico último cuarto terminó por explotar a la afición, que peleaba dentro de cada bar por no perderse el desenlace. 

Las calles vibraban al ritmo de cada punto y los hinchas botaban  por  la calles  del Casco Viejo gasteiztarra creyendo que el sueño estaba más cerca que nunca.

El tapón de Diakite y el 2+1 de Trent Forrest a falta de dos minutos para ponerse cuatro arriba –86-90 en ese instante– desataron la locura de los seguidores azulgranas.

“¿Y si ganamos qué?”, comenzaban a preguntarse los aficionados, casi sin creerse que, 17 años después, la historia podía repetirse.

Los miles de baskonistas desplazados al Roig Arena para presenciar el imperial torneo de los de Galbiati fueron solo la extensión de los que se encontraban en las calles de Vitoria envueltos en alegría. 

El canastón de Howard a 45 segundos del final, respondiendo al triple de Hezonja, terminó de encender la celebración. Esta vez el Real Madrid no obró el milagro desde el perímetro. Esta vez el desenlace fue diferente al varias veces visto los últimos años.

Con el partido terminado se dio un grito unísono e inentendible de celebración por parte de todos los presentes que sirvió para expresar todas las emociones que se albergaban en aquel instante.

“¡Txapeldunak! ¡Txapeldunak!”, celebraban emocionados los hinchas, casi sin creer el espectacular último cuarto que les permitió alzarse con una nueva victoria en Copa.

Como en 2009, el Baskonia volvió a levantar la Copa del Rey. Y como entonces, la ciudad volvió a llorar. Lágrimas de alivio, de orgullo y de pertenencia. Porque las finales no solo se juegan en la pista: se viven, se esperan y, cuando llegan después de 17 años, se celebran como si el tiempo nunca hubiera pasado.