Lourdes Basabe es investigadora Ikerbasque y directora del Microfluidics Cluster de la Universidad del País Vasco (EHU), en el Campus de Álava. Su trabajo se centra en el desarrollo de tecnologías de microfluídica y sistemas Lab-on-a-Chip orientados al estudio de la comunicación celular y sus aplicaciones en biomedicina. Desde este grupo impulsa líneas de investigación que combinan microfabricación, sensores y biología celular, con el objetivo de entender y controlar cómo se comportan las células en su entorno. Además de su labor científica, ha sido una figura clave en la consolidación y crecimiento del grupo, así como en su proyección internacional dentro del ámbito de las microtecnologías.
¿Cómo funciona esta tecnología y qué significa exactamente eso de “dialogar” con las células?
–Para entenderlo de forma sencilla, es como si las células fueran un gran grupo de personas. Lo que se ha desarrollado es una tecnología que permite organizarlas en pequeños grupos, por ejemplo de cuatro o cinco células. Alrededor de ellas se colocan pequeñas partículas de polímero que actúan como sensores. Se habla de “dialogar” con las células porque estas partículas no solo funcionan como sensores, sino también como actuadores, es decir, elementos capaces de estimularlas.
Gracias a ello, es posible modificar su entorno y, al mismo tiempo, detectar lo que las propias células están secretando. Las células se comunican mediante moléculas, igual que las personas lo hacemos mediante palabras. Por eso, si se pueden detectar esas moléculas, es como si se estuviera escuchando lo que las células están diciendo. En definitiva, se trata de una plataforma que permite aplicar estímulos concretos a grupos reducidos de células y, al mismo tiempo, medir las moléculas que secretan, es decir, escuchar cómo se comunican entre ellas.
Es un avance bastante importante porque entiendo que ayudará incluso con células cancerígenas, ¿no?
–La verdad es que, hoy en día, existen pocas tecnologías capaces de detectar lo que secretan las células trabajando con un número tan reducido de ellas. Sí que hay grupos de investigación que están desarrollando líneas similares y avanzando en esa dirección, pero creemos que esta aportación puede tener bastante potencial y suponer una contribución relevante dentro del campo. Y respecto a lo del cáncer, sí.
Las células cancerígenas utilizan señales químicas, es decir, moléculas que secretan, para comunicarse con su entorno. Además, dependiendo de su microambiente, generan unas moléculas u otras. Esas señales les sirven para sobrevivir, para engañar a otras células o incluso para favorecer la creación de vasos sanguíneos que alimentan al tumor. Por eso, si somos capaces de identificar esas moléculas y entender cómo funciona esa comunicación, también podemos intentar interferir en ella y frenar el crecimiento o el avance de determinados tumores. Pero para llegar a eso primero hay que entender el sistema.
Es, de alguna manera, como espiar a las células: observar qué hacen cuando reciben determinados estímulos, cómo reaccionan y qué señales emiten en cada situación. Escuchando esa comunicación celular podemos empezar a predecir cómo se comporta el sistema y estudiar posibles formas de bloquearlo o modificarlo. Y no solo tendría aplicaciones en cáncer. También puede ser muy útil en ámbitos como la medicina regenerativa.
¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, para estudiar cuál es el entorno óptimo que necesita una célula para diferenciarse hacia un tipo concreto de tejido. Poder probar distintos ambientes y analizar cómo responden las células en cada uno de ellos nos permite obtener información muy valiosa. Nosotros hemos desarrollado la tecnología; ahora el objetivo es conseguir que sea accesible y que otros investigadores puedan utilizarla para seguir generando conocimiento.
¿Qué papel ha tenido el marco europeo en el desarrollo de este proyecto y qué relevancia tiene dentro de su evolución?
–Sí, yo creo que un punto muy importante es que todo este trabajo se ha desarrollado dentro del marco de un proyecto europeo. Son proyectos muy competitivos, en los que se financian ideas de alto riesgo pero también de alto impacto potencial.
El consorcio está formado por siete socios de distintos países europeos y, además, el proyecto ha estado coordinado desde aquí, desde la universidad. Haber conseguido un proyecto de este nivel y liderarlo desde aquí ha sido un hito muy importante.
¿Qué mensaje o idea principal le gustaría que se llevase el público tras conocer este trabajo?
–Me gustaría destacar que aquí se está creando una actividad muy potente en torno a las microtecnologías. Tanto nuestro grupo como otros compañeros de la facultad estamos contribuyendo a generar una masa crítica con proyección internacional. Creo que esto representa una oportunidad que debemos cuidar, hacer crecer y aprovechar, porque puede tener un impacto muy positivo tanto a nivel científico como económico y social. Uno de los aspectos más importantes es precisamente la vocación de que esta tecnología sea útil y transferible. El objetivo no es que se quede como una herramienta exclusiva de nuestro laboratorio, sino que pueda ser utilizada ampliamente por otros grupos de investigación.