Capítulo uno

Olvidé contar una cosa. Un día de finales de agosto, mamá soltó una frase de infinito poder intrigante:

—Y tu hermano, ¿dónde está?

Podría ser una frase normal, cotidiana, vulgar incluso; de no ser porque soy hijo único desde hace cincuenta y tres años.

Mamá se ajusta los pendientes y bosteza con hambre o sueño, lo ignoro en este momento; después, apoya la cabeza en el sillón orejero, como otras veces, para abandonarse al sueño profundo de cada tarde. Plácida. Dormida como una niña que tiene vacaciones y a la que despertarán con la merienda para jugar.

Me gusta verla así, sin el dolor de espalda, ni el de cabeza, ni el de las piernas. Todo eso que a diario la atormenta y que narra detalladamente una y otra vez para que le preste atención de la mañana a la noche.

Sus días han empezado a ser el recorrido por la decadencia física y mental en ese último capítulo que la vida escribe de manera sólida. La vejez aniquila, devora y, una vez en marcha, no necesita causa alguna. ¿Qué importa lamentarse cuando uno ya va rodando por ella? Tratas de ganar tiempo, pero solo lo pierdes.

No puedo permitir que eso te ocurra a ti, mamá, mi única ancla familiar. Pero ya has recibido la orden de comenzar a marchar.

Me niego.

La portada de 'Mamá está dormida'. Elkar

En el hondo dramatismo de esas tardes es normal que pueda equivocarse, pienso; que imagine que un hermano vive con nosotros o, algo todavía peor, que pueda haber enterrado mi cara en la cara de otro y ya no sepa quién soy yo.

El olvido y la demencia están inundándolo todo, y empieza a ser complicado entrar a pasear en algunas estancias de su memoria.

La turbadora frase de mamá —¿un hermano?— se queda flotando en el aire. ¿Puedo haber tenido un hermano y que aparezca ahora, en los últimos días de su vida?, ¿que no haya sido consciente y que la riada lo haya anegado todo, sacando a flote realidades que andaban tras los armarios, bajo las cómodas del cerebro?

Mamá tenía los ojos verdes, los más bonitos de su generación.

Verdes como el campo cuando explota fecundo en primavera. Ahora son grises y se intuye una veredita de hierba, libre, que conduce a su juventud por el iris de la vejez. Por ese camino me pierdo en ocasiones, mirándola.

«¿Quieres que nos contemos cosas?».

A veces, de forma espontánea, como una mosca que entra en una habitación de verano y corta todas las conversaciones, un recuerdo nítido e hiperrealista, casi insoportable de tan preciso, se posa involuntariamente en su cabeza.

Le molesta. Intenta sacárselo de encima. Así es como me entero de otras cosas, también.

—Tu abuela me giró la cabeza el día de mi boda. Fui a besarla y... se giró. No quiso que la besara.

—¿De verdad, mamá?

—No miento.

—No hubo beso cuando la saludaste... Qué raro. Y qué incómodo, en medio de la gente.

—Mejor.

—¿Por qué?

—Ya sabía a qué atenerme.

—Qué feo estuvo, entonces.

—Como todo después.

—¿El qué?

—Nada.

—¿Nada? No me dejes así, mamá.

La ficha

  • Título: ‘Mamá está dormida’
  • Autor: Máximo Huerta
  • Género: Novela
  • Editorial: Planeta
  • Páginas: 352

Aprovecho esos momentos en los que los recuerdos herméticos se regalan como un helado al sol para sonsacar.

Sin darle muchas vueltas, le reboto la pregunta que esa tarde abre la veda, sospechando que la demencia está dejando escapar algún secreto más.

—Mamá, ¿tuviste otro hijo?

Silencio.

—¿Soy hijo único?

Insisto.

—Antes preguntaste por mi hermano...

La mirada vacía a ningún lugar de la casa, ni de su interior, es solo un espejo donde mirarme.

—¿Es posible que tuvieras otro hijo? ¿Mamá...?

Más silencio.

—Mamá... Mírame, no te duermas, que luego te desvelarás toda la noche. Voy a hacer café y merendamos. Mírame y charlamos de lo que quieras.

La mujer madre se incorpora en el sofá y me mira fijamente:

«Tu hermano Félix...».

Lo vuelve a decir; temo que la ficción de la memoria se haga realidad. Como un golpe seco de guillotina, se precipita sobre mí el hierro que corta en dos la vida vivida hasta esa tarde.

Por eso insisto otra vez.

—Tengo un hermano, mamá. — Afirmo para ser parte de su seguridad mientras le paso un paño húmedo a su silla de ruedas. Ella gira la cabeza hacia el ventanal.

Capítulo dos

Si has entrado en alguna cueva, o pasado por un túnel en la montaña, sabrás que hay un momento en el que hay eco.

Es solo un segundo, justo en el centro entre el inicio y el fin. Todo se hace infinito y parece que las paredes te contesten a su voluntad. Con tu voluntad. Repites la frase, y las palabras reverberan en un sonido que es rebumbio y miedo.

También en mi pecho. Como ahora con el vértigo que genera la muerte próxima. Al final, para. Nadie responde a ese eco, todo se silencia, y es la respiración la que se agita para salir del túnel, siempre hacia delante. La muerte es igual, inamovible. Preguntas llenas de eco. Y las más difíciles jamás tendrán respuesta.

La casa anda en ese punto del túnel donde se columbra el final y donde un miedo incontrolable lo domina todo, desde el desayuno hasta la cena, como una despedida constante. Cada vez que sirves el café, es el último café; cada vez que haces la cama, es la última sábana limpia; cada vez que sales a comprar, las llaves te arañan en el bolsillo, recordando que al volver posiblemente habrá silencio. Un silencio que no conoces, intuyes. La perra lo presiente.

Ladra.

La perra es vieja, anda de un sitio a otro con ese sexto sentido de los animales que es terrorífico, pacífico y raro.

Huele, mira y se va a la cocina, bebe agua, espera el pienso y regresa a dormir a su manta bajo la estantería. Antes se acurrucaba, ahora se expande como una estrella de mar.

Los olores de la casa han cambiado. Productos de limpieza abrasivos para los orines, incienso de palo santo, mikados de vainilla por las escaleras y fruta madura que pide irse a la basura.

La música vertebra todo. Dejamos de poner las canciones que nos gustan para no gastarlas y evitar el peso que tienen en el futuro, cargadas de recuerdos. La radio ofrece temas olvidables, que nadie memoriza, sin estribillo poético, sin historias, y nos dice la hora de vez en cuando. Eso basta. Son las cinco y cuarenta y cinco.

Es la misma hora en la que todo cambió.

Amparo solo dejó un bañador que no le gustaba y unas zapatillas gastadas, hizo las maletas y abandonó la casa y la cama que compartíamos. En su mesilla siguen sus pastillas Noctamid para dormir y unos auriculares que solo funcionaban por el oído derecho. La casa se quedó a medias.

Todavía duermo en mi lado, como si extender el brazo hacia su territorio fuera profanar los recuerdos e inundar los míos. A veces, sin querer, me despierto y creo escuchar su «Buenos días, amor». Pero no. Es la perra, que sube como puede y pone su hocico en mi oreja para que la saque a pasear. Salimos. ¿A quién si no le voy a hacer caso? Camiseta, llaves, correa y bolsas. Antes tardaba en hacer pis porque así caminábamos más, ahora se abre de piernas en la primera farola de la calle, como si quisiera que nos electrocutáramos los dos. Se lo digo. Cuidado, pequeña, un día hará corriente y moriremos partidos por un rayo. Me mira como si estuviera loco. Que tal vez.

SOBRE EL AUTOR

Máximo Huerta (Utiel, Valencia, 1971) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas Con el amor bastaba, El susurro de la caracola, Una tienda en París, La noche soñada (Premio Primavera de Novela 2014), No me dejes (Ne me quitte pas), La parte escondida del iceberg, Firmamento, Adiós, pequeño (Premio de Novela Fernando Lara 2022) París despertaba tarde y Mi pequeña librería. Es autor también de varios relatos, libros ilustrados, un cuento infantil y de la colección de columnas periodísticas recogidas en Intimidad improvisada. En 2023 cumplió uno de sus sueños de la infancia al inaugurar La Librería de Doña Leo, que en poco tiempo se ha convertido en un maravilloso centro de convergencia literaria y cultural en Buñol, Valencia.

La soledad de Amparo, mi pareja durante años, ha creado monstruos. Yo soy uno de ellos: hombre mayor que cuida de madre con perra vieja al fondo. En ocasiones me sirvo medio vaso de coñac, me sumerjo en agua caliente en la bañera y me siento absolutamente desgraciado y con la sensación de que no hay nada bueno en ningún sitio.

Se lo cuento a la perra, pero no es una perra que se deje contagiar por la tristeza. Entra en mi baño y se pone a jugar con la alfombrilla como si fuera un cachorro al que abraza, porque no ha sido madre y le farfulla a ese vacío entre las tripas. Luego se mira en el espejo y hace muecas.

Lame. Y por si no fuera suficiente con la alegría exagerada, me dice que también tiene un hermano.

A Amparo le gustaba plantar geranios en el balcón.

Hacía pajaritas de papel con el periódico.

Tenía veinte versiones de té en el armario de la cocina.

Me mandaba audios con fragmentos de novelas.

Jugaba con la cera caliente entre los dedos.

Masticaba jengibre y aspiraba el aire refrescante.

Podaba todo con unas pequeñas tijeras de jardín. Debí notar ahí que no quería más lazos de los necesarios y que, ante cualquier eventualidad incómoda, cortaría por lo sano.

Los geranios, todos rojos, los arreglaba a principios de otoño para prepararlos para el invierno y «estimular el crecimiento ». A veces, a mediados de verano podaba «para mantener la planta compacta y fomentar la floración». También retiraba hojas y flores marchitas mientras esperaba a que pitara la cafetera con el café recién hecho. Así están sanos, decía.

«¿Quieres café?». «Te quiero a ti». Y esas cosas cursis que no lo parecen cuando uno está enamorado.

Recuerdo que prometió que me cuidaría siempre y que no sé qué de la juventud.

La tarde que dijo que se iba la entendí. Paré esa noche en lo alto de una colina, donde le gustaba correr a mi perra en círculos, para sentirme cerca del cielo. Dios y sus cosas.

Descansaba allí el cadáver de mi anterior perro y me gustaba limpiar de hojas el camposanto privado. Había montones hechos por las hormigas y algunas moscas. Mi perra andaba paseando por allí sonriente, como hizo la otra, extasiada del lugar y de las vistas. Me molestó su alegría. Es curioso que cuando uno está mal, verdaderamente mal, siente alergia a las flores. Poda.

No sé si se puede leer el pensamiento de los perros, como puedo leer el mío. Conozco muy bien su mirada de «anímate» y no me cabe duda al respecto de que estaba en ello. Olfateó unas flores silvestres y las arrancó. Luego alzó la margarita y vino con ella. Sacudió la cola, espantó las moscas. Extendí la rama y me puse a deshojar.

—Deberíamos quedarnos a pasar la noche en este lugar, pequeña.

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Movió el hocico. Y tiró del camal del pantalón. Fue la última vez que dormí en el lado de Amparo.

Ahora hace lo mismo para que vayamos al salón. Son las seis. Lo canta la radio.