Capítulo uno: Diente de león

El diente de león es símbolo de vida. Su capacidad para sobrevivir en los terrenos más difíciles, como las grietas de los adoquines, lo convierte en un emblema de fortaleza, adaptación, perseverancia y prosperidad. En la medicina tradicional, es conocido por sus propiedades depurativas, beneficiosas para el hígado y la digestión.

También es adecuado para aliviar el exceso de tensión. Nos enseña a parar y a escuchar las necesidades

del alma. Su flor amarilla se transforma en una esfera de semillas, que al volar con el viento simbolizan el ciclo de la vida, el cambio y la libertad.

El acto de soplarlas se relaciona con el deseo de ver cómo los sueños se cumplen en el horizonte.

La portada de 'El jardín dormido'. Elkar

Por primera vez en años, la tibia caricia del sol arrancó a Iris del sueño. Había apagado el despertador del móvil.

¿Para qué levantarse?

Una música despreocupada penetraba a través de los cristales del balcón, como una promesa que flotaba en el aire. Una banda tocaba swing acompañada de palmas y risas, un día cualquiera en el Londres húmedo de marzo.

Abrió los ojos y dejó deambular la mirada por el techo blanco. La luz, fragmentada contra algún espejo o cristal, estallaba en mil colores, fuegos artificiales de un mundo invisible.

Iris suspiró. Cual bocanada de aire helado, le golpearon los recuerdos del día anterior. No había sido un sueño. Su vida, aquella que tanto esfuerzo le había costado alzar, se había desplomado como hojas secas que caen al suelo, sin ruido, pero sin retorno. Desde entonces sentía que estaba desnuda ante su vacío interior.

Había renunciado a su puesto en uno de los bancos más prestigiosos del mundo tras descubrir que su prometido la engañaba con su jefa.

«La vida no nos da lo que pedimos, sino lo que necesitamos », le había dicho su tío Tom quince años atrás, el día del Gran Desastre. Ella se lo había quedado mirando enfurecida y le había respondido con un grito: «¡A la mierda con la vida!». Ahora entendía que la maldición se había cumplido.

Iris se estiró con la pereza de un gato y las cicatrices invisibles de cada rincón de su ser crujieron. Atrapada aún en la niebla del sueño, por fin se levantó.

Tenía la boca seca como si hubiera atravesado un desierto polvoriento. Sobre la mesilla de noche estaban la caja de somníferos y la botella de vino medio vacía al lado. Había sido suficiente para dejarla volando entre dos mundos, suspendida en un limbo etéreo.

La ficha

  • Título: El jardín dormido
  • Autora: Carla Gracia
  • Género: Novela
  • Editorial: Espasa
  • Páginas: 328

Volvía a sentir la misma culpa de siempre, aquella que se le había adherido al alma, igual que una sombra, desde el Gran Desastre. Era ella quien debía haber muerto, no Lily, su hermana pequeña, la buena, la generosa, el entusiasmo encarnado.

Con todo, una centella indomable dentro de sí no la dejaba caer. La luz del sol seguía iluminando la vida a través de las cortinas, y la banda e incluso las palmas de la gente la llamaban, recordándole que aún le quedaban cosas pendientes por hacer.

Sin pensarlo mucho, se vistió, bajó a la calle y se encaminó hacia la floristería de su tío, el único lugar que todavía podía arrancarle una sonrisa. En una cafetería a medio camino pidió dos cafés para llevar: uno solo para ella y un capuchino con doble de azúcar para Tom.

Cuando llegó a la tienda, acababan de traer un cargamento de plantas y flores que su tío examinaba de cerca con la atención de un alquimista, mientras las iba colocando en vasijas y jarrones en las distintas mesas y estanterías del local. Había narcisos brillantes, tulipanes rojos y anaranjados, jacintos púrpuras, anémonas, fresias, prímulas y violetas. La sinfonía de fragancias que desprendían era densa, almibarada, casi palpable.

Al verla, Tom alzó los brazos con alegría: —¡Qué sorpresa! ¿No trabajas hoy? ¿Qué ha pasado, una avalancha zombi ha destruido el mundo entero y yo no me he enterado?

—Algo así... — Iris rio mientras le daba el capuchino.

Luego se acomodó en un taburete detrás del mostrador y echó una ojeada a las flores que quedaban en las cajas.

—Esos ranúnculos no están bien, debes devolverlos; no florecerán. Y esas camelias tienen fumagina, se las ve deprimidas.

Él se la quedó mirando, atónito, mientras se ajustaba las viejas gafas de pasta.

—¿Sabes que eres la persona con mayor sensibilidad para las flores que conozco?

—Aparte de ti, querrás decir...

—No, eres mejor que yo. — Ella se encogió de hombros.

—Será que he tenido un buen maestro...

Desde el Gran Desastre, Iris se había refugiado cada verano en la floristería de su tío, para ayudarlo mientras sus padres se quedaban en Bath o se iban de viaje. Ella argumentaba que necesitaba un sobresueldo para pagarse los estudios; en realidad no soportaba la idea de que intentaran ser felices sin Lily.

Entre las plantas no tenía que fingir. Por el contrario, ellas la arropaban en su dolor, la curaban de algún modo, sin exigencias, a su ritmo lento pero profundo.

En aquellos veranos aprendió todo lo que sabía sobre flores y jardinería. Vivía con Tom y su segunda esposa en su casa de Guildford, donde dejaban que se encargara del jardín al tiempo que él le enseñaba paisajismo.

Con el café en la mano, su tío despidió al transportista, no sin antes darle los ranúnculos y las camelias que había señalado Iris.

—Tienes razón, esas plantas estaban enfermas... Me fastidia devolverlas porque no siempre se toman la molestia de curarlas. — Y, como si de repente se hubiera acordado de algo sorprendente, añadió—: Por cierto, no querrás pasar unos meses en la costa de tu abuela materna, ¿verdad?

SOBRE LA AUTORA

Carla Gracia Mercadé (Barcelona, 1980) es doctora en Escritura Creativa por la Bath Spa University de Inglaterra y profesora de escritura en la Universitat Internacional de Catalunya (UIC). Su primera novela, Siete días de Gracia (2014), traducida al castellano, italiano y polaco, fue reconocida con el premio Alghero Donna de Literatura y Periodismo en Roma. A raíz del diagnóstico de autismo de su hijo mayor, encontró en la pintura de flores y en la exploración de sus propiedades un camino de sanación y libertad. Apasionada de la naturaleza desde niña, vive en un pequeño pueblo donde el poder simbólico y curativo de las plantas inspira su vida y su escritura.

Iris lo miró sin entender.

Por toda respuesta, Tom fue hacia el tablón de anuncios y descolgó un aviso.

—Me lo han traído esta mañana. Se ve que alguien busca una persona experta en flores para salvar un jardín dormido... ¿No es extraordinario?

—¿Un jardín dormido?

Iris tomó el anuncio, escrito a mano en una pequeña lámina de papel vegetal, y lo leyó.

Se busca persona sensible y trabajadora para despertar un jardín en una finca de Fontallac, en el Ampurdán.

Se ofrece alojamiento, comida y una pequeña paga.

Abstenerse personas alegres y entrometidas.

Debajo de la nota, había una dirección de correo electrónico.

—¡Qué anuncio tan extraño! ¿Abstenerse personas alegres? ¿Qué quieren, un jardinero de cementerio?

Su tío Tom rio con ganas.

—Sin ánimo de ofenderte, querida, la verdad es que tu perfil encaja bastante. Lástima que estés demasiado ocupada para esta aventura...

Iris le hizo una mueca jocosa, pero dobló el anuncio y se lo metió en el bolsillo de la gabardina.

En aquel momento llegó una clienta y Tom se acercó a atenderla. Iris se despidió con un beso en la mejilla.

—Nos vemos pronto.

Su tío se levantó las gafas y le preguntó:

—¿Pronto...? ¿No será que has dejado por fin ese inhumano trabajo de agoreros y saqueadores?

—Más bien me ha dejado él a mí. Como Alister.

—¿Te ha dejado Alister? — preguntó sorprendido.

—No exactamente; lo que dijo cuando lo encontré en el despacho de mi jefa besándose con ella fue: «No es lo que parece».

Tom cambió de semblante, como si aquellas palabras le hubieran embestido también a él.

—¡Maldito cretino! Debes de estar devastada...

Hizo el ademán de abrazarla, pero Iris lo esquivó con delicadeza. Sentir ternura en ese momento le haría derrumbarse.

Y, aunque intuía que tal vez le convendría, eso la aterraba; no se veía capaz de reconstruirse de nuevo.

Tom conocía las reticencias de Iris, así que respetó su espacio.

—¿Por qué no vienes a cenar esta noche a casa? Mary estará encantada de verte. ¡Le puedo pedir que te haga un Wellington!

Iris negó con la cabeza y sonrió mientras salía por la puerta.

—No te preocupes, tío, estaré bien.

Sin embargo, nada más salir de la floristería, las lágrimas le enturbiaron la mirada y la banda que seguía tocando a todo pulmón se destiñó ante ella, como una acuarela que se disolvía.

De nuevo en casa, se dirigió al balcón. Quería encerrarse y huir de cualquier atisbo de alegría. Y, cuando se disponía a correr las cortinas para quedarse en completa oscuridad, advirtió que en la maceta con el esqueleto de un geranio muerto por falta de cuidado había nacido un diente de león. Su flor amarilla brillaba de forma irreal junto a una esfera de semillas perfecta, delicada y vaporosa.

Te puede interesar:

Iris salió al balcón y se acercó a la planta. No pudo evitar cogerla, como en sus días de infancia. Dejó que su deseo se entrelazara con el aire mientras soplaba. Los pequeños ángeles se dispersaron por el cielo, susurrando a los vientos, las nubes y el sol.

«Quizá... — pensó—. Quizá...».