En España, más de dos millones de personas pierden actividad cada seis meses por lumbalgia y uno de los factores que más inciden en esa y otras dolencias musculoesqueléticas es el sobrepeso. El exceso de peso actúa sobre la espalda en tres frentes: sobrecarga la estructura ósea, fuerza un cambio postural y sostiene un estado inflamatorio crónico.
El cuerpo no suma, multiplica
A todos nos ha sobrado alguna vez algún kilo de más. O unos cuantos. El cuerpo tiene que encontrar un equilibrio postural con ese peso extra.
Pero la columna vertebral no percibe ese exceso de peso de manera proporcional por una sencilla razón: la física del movimiento amplifica el efecto que tiene. Para hacernos una idea, un kilo de sobrepeso equivale, en actividades cotidianas como caminar o levantarse de una silla, a entre 4 y 6 kilos de carga real. Si tiene 5 kilos de más, eso le supone a su cuerpo entre 20 a 30 kilos de carga real al moverse.
Esa sobrecarga tiene consecuencias físicas. La presión recae en los discos vertebrales y las articulaciones lumbares en cada gesto todos los días. Con el tiempo, aparecen dolencias musculares, desgaste de vértebras, pinzamientos, hernias, etc.
La zona lumbar es la más débil
La región lumbar es la más expuesta. Sostiene el peso del tronco, absorbe los impactos del movimiento y articula la relación entre la parte superior e inferior del cuerpo. Cuando la grasa se acumula, especialmente en el abdomen, el centro de gravedad se desplaza hacia delante. Eso fuerza a la columna a aumentar su curvatura natural para compensar: es lo que se conoce como hiperlordosis lumbar.
Esa curvatura genera una tensión constante en los músculos del abdomen y espalda y aumenta la presión sobre las articulaciones posteriores de la columna. Con el tiempo el desgaste del cartílago se acelera, aparecen las hernias discales, y, en situaciones muy agudas, se puede producir estenosis de canal, es decir, un estrechamiento del espacio por el que circulan los nervios. Las consecuencias van desde el dolor local a la irradiación hacia las piernas (como la ciática).
El factor inflamatorio
Al margen del efecto en la biomecánica del cuerpo, el sobrepeso afecta también al metabolismo. Los tejidos adiposos (la grasa) tienen actividad metabólica propia y liberan sustancias proinflamatorias que mantienen el organismo en un estado de inflamación crónica de bajo grado.
Esa inflamación sistémica afecta a los tejidos blandos de la columna, desde los ligamentos, a tendones, o discos, haciéndolos más vulnerables al daño y ralentizando su recuperación.
Es por eso que dos personas con el mismo grado de sobrepeso pueden tener perfiles de dolor muy distintos. La carga mecánica explica una parte, la respuesta inflamatoria individual explica otra, pero ambas actúan de forma simultánea.
Un problema que se retroalimenta
El dolor de espalda asociado al sobrepeso tiende a generar un círculo difícil de romper. Como el dolor limita el movimiento, nos movemos menos. Pero eso, a su vez, reduce el gasto calórico. Sin una alimentación equilibrada, el cuerpo gana peso. El sedentarismo, además, debilita la musculatura profunda que estabiliza la columna. Y sin ese sostén muscular, la columna queda aún más expuesta a la carga y a posibles lesiones o dolencias.
Salir de ese ciclo requiere actuar en varios frentes al mismo tiempo. Por un lado, es imprescindible perder peso para aliviar la carga mecánica; eso nos permitirá ir recuperando y mejorando nuestra movilidad, y, de ahí, a fortalecer la musculatura de forma progresiva y supervisada. El último paso es abordar el componente inflamatorio con criterio clínico.
Más información
Fundación Laboral San Prudencio
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Teléfono: 945 222 900
Prevenir cuanto antes
La buena noticia es que, con buenos hábitos de alimentación y ejercicios dirigidos, la columna responde. No hace falta llegar a un peso ideal para notar la diferencia. Perder un 10 a un 15 por ciento de sobrepeso ya se nota a nivel óseo y articular.
Lo que sí hace falta es un abordaje estructurado. El ejercicio adaptado, la educación postural y el acompañamiento profesional marcan la diferencia entre una mejora sostenida y una recaída. La Fundación San Prudencio trabaja precisamente en esa dirección: ayudar a las personas a recuperar salud desde el movimiento, con programas diseñados para el entorno laboral donde el cuerpo pasa más horas en tensión.