Hay algo que los diseñadores de TikTok, Instagram y YouTube saben y que la mayoría de padres ignora: las plataformas digitales están diseñadas para que sea imposible parar. El objetivo es mantener al usuario dentro el mayor tiempo posible. Y lo consiguen especialmente bien con los menores.
Para Mirene Beriain, pediatra de Osakidetza en Atención Primaria, este diseño es especialmente perjudicial para los menores. “Tenemos que tener en cuenta que no tienen la misma capacidad de control que los adultos. Si ya a nosotros nos cuesta controlar a veces el uso que hacemos de móviles y pantallas, a ellos todavía mucho más.”
Lo que le ocurre al cerebro
Cada notificación activa el circuito de recompensa, el mismo que también interviene en otras conductas adictivas. El cerebro aprende a anticipar la recompensa con cada notificación y esa anticipación genera un estado de alerta sostenida que dificulta la concentración en tareas lentas como leer, estudiar, escribir o mantener una conversación. Con el tiempo, y especialmente en cerebros en desarrollo, deja una huella física en el cerebro.
La psicóloga Silvia Sáez de Vicuña, decana del Colegio Oficial de Psicólogos de Álava define así el problema: “Estamos habituados a notificaciones, a recompensas, a vídeos cortos, al scroll infinito, a cambios constantes en lo que están haciendo. Estamos entrenando el cerebro de los niños para una gratificación rápida.”
“Estamos entrenando el cerebro de los niños para una gratificación rápida", afirma Silvia Sáez de Vicuña, decana del Colegio Oficial de Psicólogos de Álava
Las consecuencias, según advierte, van más allá del tiempo de conexión. “Tienen dificultad para tolerar el aburrimiento, para concentrarse, o esperar. Todo lo que son las tareas lentas les genera frustración porque no tienen una respuesta inmediata.”
Según un estudio publicado en JAMA Pediatrics (2023), el uso habitual de redes altera el desarrollo cerebral normal. En lugar de ganar autonomía emocional, el cerebro aprende a depender de la estimulación externa. Es lo que Sáez de Vicuña denomina “anestesia afectiva”. La consecuencia es una dificultad para gestionar emociones cuando el cerebro ha aprendido a depender del estímulo externo constante.
Uso adecuado frente a uso problemático
Beriain prefiere abandonar el concepto de “uso saludable” por considerarlo engañoso. “Más que saludable, me gusta hablar de uso adecuado o no perjudicial. Decir uso saludable es dar a entender que nos aporta algo bueno para nuestra salud”.
El problema no es solo el tiempo que se pasa frente a la pantalla, sino todo lo que ve en ellas y se deja de hacer mientras. Beriain lo ve en consulta: “Vienen porque sus hijos están más cansados, les duele la cabeza, les cuesta concentrarse, su rendimiento académico ha empeorado, su estado anímico también, están más irritables.” Y añade un dato: “Hay menores que pasan una media de cuatro horas en el móvil en un día escolar, pero es que puede subir a las ocho horas en un fin de semana. Eso con doce, trece o catorce años.”
Sáez de Vicuña identifica señales de alarma más concretas: cambios bruscos de ánimo, aislamiento, irritabilidad excesiva, pérdida de sueño, bajada importante en el rendimiento académico, abandono de actividades que antes disfrutaban y mentiras sobre el tiempo de conexión. “El abuso de las pantallas les impide desarrollar esa capacidad de autorregulación.”
La Asociación Española de Pediatría establece unas recomendaciones claras por franjas de edad: ninguna pantalla antes de los seis años, un máximo de una hora diaria entre los seis y los doce, y no más de dos horas entre los trece y los dieciséis. Ambas especialistas sitúan en los dieciséis años la edad mínima recomendable para tener un smartphone propio sin supervisión.
Beneficios de desconectar
Los efectos del abuso de pantallas son, en buena medida, reversibles. Beriain cita un estudio publicado en JAMA, Screen Media Use and Mental Health of Children and Adolescents, que documentó una disminución de síntomas de depresión y ansiedad y una mejora de las conductas sociales al reducir el tiempo de uso. “Mejoran un montón de aspectos de la salud mental en chavales”, resume.
Los beneficios no se limitan al estado de ánimo. El sueño, uno de los primeros afectados por el abuso de las pantallas recupera calidad y duración cuando se elimina el móvil del dormitorio. A ello se suma una mejora progresiva en la capacidad de atención:. El cerebro comienza a recuperar tolerancia al aburrimiento y a las tareas que exigen esfuerzo sostenido.
Cómo reducir el tiempo de pantalla
El error más común que cometen las familias es imponer la desconexión como sanción, lo que convierte el móvil en un objeto de deseo reforzado. Los especialistas proponen un enfoque diferente: acordar las normas, no imponerlas. Sáez de Vicuña recomienda formalizar ese acuerdo. “Se puede hacer un contrato con tu hijo. Y si no se respeta ese contrato, ese dispositivo queda fuera. Se establecen horarios y condiciones y lo que pasa si no se cumple. Y lo firma la familia.” El elemento clave, subraya, es que los límites sean comprensibles: “Lo que nos muestra la evidencia científica es que cuando un niño tiene límites y responsabilidades, tiene una mejor autoestima.”
Beriain suma medidas concretas de organización del espacio doméstico: “Los dispositivos se usen en las zonas comunes del hogar, no dormir con los dispositivos, crear un parking digital donde los dispositivos descansen a la noche para respetar nuestro propio descanso. Los dispositivos no deben estar presentes ni mientras se hacen los deberes, ni encima de la mesa ni a la vista. Es mejor que estén en otra habitación para evitar el ruido psicológico que les provoca saber que tienen el móvil al alcance.”
Para el seguimiento técnico, herramientas como Family Link de Google o la función En Familia de Apple permiten a los padres gestionar desde su propio dispositivo el tiempo de uso, los contenidos descargables y la conexión a internet de los terminales de sus hijos. El INCIBE ofrece además una guía gratuita y actualizada de control parental adaptada a distintos sistemas operativos y plataformas.
El verano como oportunidad
El período estival reúne condiciones únicas para romper el hábito digital. No es casualidad que los especialistas lo señalen como el mejor momento del año para un reseteo digital.
“Aburrirse es súper importante, porque no podemos llenar todas las horas del verano con millones de actividades”, señala Mirene Beriain, pediatra de Osakidetza
Beriain advierte, sin embargo, contra la tentación de sustituir la pantalla por una agenda saturada de actividades. “Vivimos en una sociedad en la que parece que aburrirse no está permitido. Ese aburrimiento les va a permitir aprender a gestionar el malestar y la frustración. Aburrirse es súper importante, porque no podemos llenar todas las horas del verano con millones de actividades.” El aburrimiento, lejos de ser un problema, es precisamente el estado que el diseño de las plataformas digitales lleva años intentando eliminar. Recuperarlo es, en sí mismo, un acto de resistencia.
La clave para que el reseteo veraniego no se evapore en septiembre consiste en convertir las rutinas de desconexión en hábitos permanentes. El parking digital nocturno, las comidas sin dispositivos, los ratos de juego libre o lectura sin pantalla: si estas normas se practican a diario es mucho más probable que sobrevivan a la vuelta al cole.
Sáez de Vicuña lo resume con una advertencia que vale para todo el año: “No saber regularte emocionalmente afecta a toda tu vida. Ni en el trabajo, ni en nada. Estamos perjudicando el desarrollo de las funciones ejecutivas, que nos permiten controlar lo que hacemos, calmarnos, pensar, decidir, centrar la atención. Todo eso se queda tocado.” El antídoto, coinciden ambas, empieza por algo tan sencillo como dejar el móvil en otra habitación.