Mamitis crónica

Nekadura

27.12.2021 | 01:04
Nekadura

no os descubro nada nuevo cuando os cuento que el mundo del cansancio en la infancia es un temazo de los gordos. Las txikis no son capaces de identificar su agotamiento y esto se traduce en memorables pollos de alto copete y copetín, que les dejan a ellas dormidas y a nosotras exhaustas. En casa así lo hemos vivido durante años, y multiplicado por dos, pero ahora asistimos a un maravilloso cambio de tendencia. Últimamente, cuando llega Morfeo, una de nuestras criaturas se deja llevar mansamente en sus brazos allí donde esté, sea coche, sofá, toalla o alfombra. Y la otra, más resistente, antes de rendirse al sueño nos regala un espectáculo nocturno de variedades que ya lo quisiera para sí el Moulin Rouge. Cuentacuentos, chistes, bailes y pedorretas son algunas de sus muchas especialidades, porque no puede dejar de encadenar un número tras otro, presa al mismo tiempo de un cansancio descomunal. La combinación es, a la par, divertida y surrealista. Y es que en nuestra criatura, lejos de constituir un obstáculo, el agotamiento contribuye a alimentar este alarde artístico y aliñarlo, además, con una exaltación del amor más propia de alguien que se ha pasado con el vino que de una niña de cinco años. Así, la fatiga le lleva a decir perlas maravillosas como "eres la reina de las chicas". Ayer, sin ir más lejos, intentaba lavarle los dientes mientras interpretaba su baile del robot, una mezcla entre Los Pajaritos y Robocop. Al terminar, me preguntó: "¿Te sabes el chiste de Pocoyó?". "No", balbuceé. Y soltó: "¡Pues tampoco yo!". Y entre sus carcajadas y las mías, porque hay que reconocer que la chanza no estuvo mal, me dijo: "Eres la amatxo más bonita del mundo entero". Después, sin más, vino su silencio y el sueño profundo. Y yo estos raticos me los voy guardando en el corazón para tenerlos presentes aquel día en que, enfadadísima, me diga que me odia.

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