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Laberintos

13.11.2020 | 01:24
Laberintos

Son las 10 de la fría noche del 30 de diciembre de 1969. Franco se dirige a los españoles desde El Pardo en su ya tradicional mensaje de fin de año. Algunos recuerdan aún el primero, en la Nochevieja del 37. Con la futura democracia, la arenga navideña sobrevivirá. Incluso los líderes autonómicos adoptarán este hábito franquista. Aquella noche del último año sesentero, el caudillo, con su insulsez habitual, sermoneaba: "Respecto a la sucesión a la Jefatura del Estado, sobre la que tantas maliciosas especulaciones hicieron quienes dudaron de la continuidad de nuestro Movimiento, todo ha quedado atado, y bien atado, con mi propuesta y la aprobación por las Cortes de la designación como sucesor a título de Rey del Príncipe Don Juan Carlos de Borbón".

Pocos años después, Franco fallecía a los 82 años. Por complicaciones asociadas a su avanzada edad. Es decir: de viejo. Y comenzaba un fronterizo periodo conocido como "transición española" que finalizaría con las elecciones generales de 1982 a rebufo de la movida madrileña. Elecciones en las que ganó el slogan del PSOE Por el cambio. Durante décadas recordamos la transición como un hit modélico, asumiendo que "el cambio" existió. Sin embargo, en los últimos tiempos se han alzado voces críticas con esta etapa que reclaman que, cuarenta años después de la muerte del caudillo, no sólo somos herederos de su mensaje navideño en el que nos regalaron una monarquía.

Desataduras, una exposición de arte que se puede visionar hasta este domingo, revisita aquella época haciendo coro a dichas voces. Nerea Lekuona, su artífice, nacida meses después de la muerte de Franco y cuyos primeros recuerdos se grabaron en su memoria, en plena transición, en cinta de casete, nos invita a darnos un refrescante chapuzón en este periodo histórico. Y una vez tonificados, aún calados por esas reminiscentes aguas, la artista nos incita a recorrer el laberíntico espacio expositivo de la primera planta del centro cultural Montehermoso para secarnos a la sombra de sus obras. Obras de papel, monocromáticas, de formato pancarta la mayoría, extendidas sobre paredes y suelos, mostrando grandes manchas abstractas, geométricas, a primer golpe de vista. Pero en una segunda aproximación advertimos que contienen enmarañadas palabras, frases, extraídas de los protagonistas políticos de la época de la transición. La fornida estética personal de los textos manuales, con letras agigantadas y comprimidas en su diseño, nos impide la fácil lectura de los mensajes. Y así leer La calle es mía o Puedo prometer y prometo se convierte en un espinoso ejercicio. El espectador pelea contra ese ataque de repentino analfabetismo, pues las letras conforman un gran laberinto en el que te extravías. Lo que parecía estar atado en nuestra memoria se no presenta ahora desatado. Ineludible muestra made in Gasteiz arropada por textos de Fito Rodríguez y documentada fotográficamente por Jorge Salvador. Digna de ser exportada.