La imaginación y el conocimiento de J. L. Borges eran desbordantes; parecían tener como único límite el universo. De ahí que fuera capaz de crear su Libro de los seres imaginarios, una obra en la que invitaba al lector a añadir sus propias criaturas, puesto que estas eran inagotables, tan numerosas como las estrellas. Tal vez fue su ceguera temprana la que agudizó sus otros sentidos. Recuerdo haber descubierto a Borges a través de su Antología de la literatura fantástica, escrita en colaboración con Adolfo Bioy Casares, su gran amigo y colaborador.
A partir de ahí, me convertí en un lector asiduo de sus cuentos y relatos. Fue también un gran poeta. Para Borges, la poesía era el encuentro del lector con el libro, una experiencia estética que no consistía en encontrar algo nuevo, sino en recordar algo olvidado.
En los años 80 recibió el Premio Cervantes. Era un gran admirador del autor que da nombre al galardón, pues, según él, Cervantes nos enseña que la realidad y la ficción están entretejidas. Consideraba la segunda parte del Quijote como la mejor y una de sus técnicas era narrar los hechos como si no los entendiera del todo.
Nacido el último año del siglo XIX en Buenos Aires, murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Por parte de padre, Borges descendía de militares y héroes de las guerras de independencia argentinas, un tema recurrente en sus obras. Por parte de madre, de origen inglés y metodista, también tenía abolengo militar, ya que era nieta del coronel Suárez y sobrina nieta del general Soler. Su madre, Leonor, fue una figura influyente que lo acompañó durante muchos años como secretaria, lectora y consejera cuando él ya no podía ver. Murió con 99 años; “se le fue la mano”, decía ella con humor sobre su longevidad.
Uno de sus más conocidos sonetos, Remordimiento, lo escribió cuatro días después de la muerte de ella. Comienza así: He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer. / No he sido feliz. Y finaliza: Me legaron valor. No fui valiente. / No me abandona. / Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado. Sin duda, Freud hubiera disfrutado psicoanalizando la relación con su madre.
Educado en el catolicismo, se declaraba más bien estoico y admirador de filosofías orientales como el budismo, del que escribió algún ensayo. Admiraba el budismo por su tolerancia, a diferencia de otras religiones que, según él, se propagaban a sangre y espada exigiendo fe ciega.
Borges fue durante muchos años candidato al Nobel, pero su apoyo inicial al golpe militar de 1976 en Argentina y su falta de crítica explícita e inmediata a las violaciones de los derechos humanos fueron, probablemente, las razones por las que nunca lo recibió. Años más tarde reconoció los hechos y condenó los crímenes de la dictadura, pero esta fue una mancha que le persiguió. En sus entrevistas, confesaba creer más en el individuo que en el Estado.
Una de sus obsesiones era el tiempo. Decía: “No hay una cosa que no sea una letra silenciosa de la eterna escritura indescifrable, cuyo libro es el tiempo”. Para Borges, la sustancia humana es el tiempo, de ahí sus frecuentes citas de Heráclito. En otras ocasiones citaba a Oscar Wilde: “cada hombre es, en cada instante de su vida, todo lo que ha sido y todo lo que será”. O a Hermann Hesse: “todo hombre incluye toda la humanidad”.
En el libro de diálogos de Osvaldo Ferrari, Borges se decanta por El libro de arena como uno de sus predilectos. Se trata de una colección de 13 cuentos que termina con el relato que le da nombre: la historia de un hombre que compra un libro infinito, sin principio ni fin. Sobrepasado por la experiencia, decide esconderlo en la Biblioteca Nacional. El libro de arena guarda un paralelismo con El Aleph, ese punto en un sótano que contiene todos los puntos del universo. Aquel que lo observa puede ver simultáneamente todo lo que existe, desde cualquier ángulo, sin pasado ni futuro.
En el relato final de El Hacedor, un hombre se presenta ante Dios y le dice: Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo. La voz de Dios le contesta desde un torbellino: Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estabas tú, que como yo eres muchos y nadie. Como Walt Whitman, que en “Canto a mí mismo” reconoce: “soy inmenso, contengo multitudes”, algo que más tarde recogería Bob Dylan en su canción I Contain Multitudes. Así era Borges: contenía multitudes, todo un universo.
Es bien sabido que las asistentas, aunque silenciosas, son todo oídos. Alfredo Serra, en uno de sus relatos de viajes, entrevistó a Fanny, la mucama que atendió a Borges durante más de 30 años. Según cuenta Fanny, el día de su partida a Ginebra, Borges se aferró a la cama y lloró: “Fanny, no quiero ir, porque me voy a morir allá...” Solo lo vio llorar tanto cuando murió su madre, la señora Leonor.
Borges está enterrado en el Cementerio de los Reyes de Ginebra, junto a personajes ilustres como Jean Piaget, Robert Musil o el reformador Juan Calvino. En la parte frontal de su tumba, una inscripción en anglosajón antiguo reza: And ne forhtedon na (“Y no tuvieron miedo”). En la parte posterior, una frase en nórdico antiguo de la Saga de los Volsungos: “Él tomó la espada Gram y la colocó desnuda entre ellos”. Sin ningún otro signo religioso. Cada cual puede interpretar estas citas como sienta, como en tantos otros relatos de Borges donde el lector es también protagonista.
Uno de sus sonetos más conocidos, que comienza con el verso Ya somos el olvido que seremos, dio título a un exitoso libro de Héctor Abad Faciolince. Sin embargo, se le atribuye erróneamente el poema “Instantes”, que empieza Si pudiera vivir nuevamente mi vida..., un texto que él siempre negó haber escrito.
Como tantos otros escritores, dijo haber vuelto a Ginebra para morir porque su infancia allí fue uno de sus periodos más felices. Fue también un gran admirador de Suiza, y en uno de sus poemas a este país, titulado “Los Conjurados”, lo expresó así:
En el centro de Europa están conspirando.
El hecho data de 1291.
Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas.
Las efemérides sirven para recordar a quienes contribuyeron a nuestras vidas, como Borges. Cuatro décadas sin él son una buena ocasión para releerlo, para entrar en el laberinto borgiano y perderse en su mundo sin límites. Una placa en su última residencia, en la Grand-Rue de Ginebra, dice así:
De todas las ciudades del mundo,
de todas las patrias íntimas
que un hombre busca merecer
en el curso de sus viajes,
Ginebra me parece
la más propicia a la felicidad.
Es una exageración en mi opinión, pues la felicidad está en todas y en ninguna parte; se la lleva uno consigo dondequiera que vaya.
Como dijo Mario Vargas Llosa, “si tuviera que nombrar a un escritor de lengua española de nuestro tiempo cuya obra vaya a perdurar, citaría a Jorge Luis Borges”. Léanlo, es una buena terapia para estos tiempos.