Se llega a casa del trabajo, con cansancio, estrés y hartazgo. Lo que menos apetece es pensar, así que toca sofá y móvil. Se ve algo divertido y se sigue mirando. Sin darse cuenta, pasan dos horas y no se ha hecho absolutamente nada de provecho. Y esa es la cuestión. Hace un par de milenios, el poeta romano Juvenal ya lo comprobó y argumentó que el pueblo romano ahora sólo deseaba dos cosas: pan y circo. El entretenimiento no era malo necesariamente, pero la comodidad puede ser toda una herramienta política.

En la actualidad el circo no está en el Coliseo, sino en las redes sociales, las transmisiones en directo del fútbol, o los maratones de Netflix. En los ochenta, el filósofo Neil Postman argumentó que, aunque George Orwell temía que fuéramos oprimidos por alguna fuerza fascista, la realidad se acerca más a la visión de Aldous Huxley. Argumentaba que no es necesaria censura alguna en un mundo en el que nadie lee. Lo relevante, por tanto no es si disfrutaremos del circo, sino qué cosas nos han dejado de importar mientras lo vemos. O peor: qué tragedias incorporamos al entretenimiento. Los romanos se entretenían viendo a gladiadores destripándose en el circo. Hoy vemos dolor, agresiones e incluso genocidios, que pasan de horror a rutina y entretenimiento a base de repetición machacona.

Tanto Orwell como Huxley son, en mi opinión, los dos Autores –con mayúsculas– del siglo XX. Ambos, a través de sus distopías “1984” y “Un mundo Feliz” predijeron el futuro. Orwell dijo que nos destruiría lo que tememos. Huxley dijo que nos destruiría lo que amamos. Personalmente, creo que ambos tenían razón. Eso sí, ambos se centraron en aspectos distintos que coexisten en la humanidad.

Huxley nos describe una sociedad hedonista en la que no se obligaba a nadie a obedecer: se les había literalmente diseñado para que la amaran. Sin armas ni campos de concentración, sin policía secreta. Sólo drogas, entretenimientos y comodidades sin fin. En una conferencia que impartió en la Universidad de California en 1962, Huxley predijo que el mundo se encaminaba hacia lo que él llamaba «la revolución definitiva». No una revolución de armas o ejércitos, sino una revolución de la propia mente humana.

No deja de ser curioso que Huxley dijera, en su conferencia en Berkeley, que pensaba que el optimista era Orwell. Y eso que Orwell imaginaba el control a través del terror, la vigilancia llevada a su máximo exponente, y dolor y castigo.

Huxley consideraba que el control a través del placer era aún peor. ¿Por qué? Porque el control violento es inestable. La gente acaba rebelándose contra el dolor, la tortura y la opresión, y termina por derrocar regímenes. Pero, ¿y cuando haces que la gente disfrute de su servidumbre? Nunca se rebelan. Ni siquiera se dan cuenta de que están esclavizados.

En la conferencia, Huxley esbozaba las siguientes herramientas: el uso de la sugestionabilidad para eludir el pensamiento crítico, las drogas que alteran la mente para controlar las emociones y la estimulación cerebral para diseñar la obediencia, todo ello diseñado para que las personas consientan su propio control. Todo ello lo vemos a nuestro alrededor, no llevamos el dolor como antes, y las redes sociales nos tienen prácticamente abducidos. Pero es precisamente aquí donde Orwell tenía razón, y acaso incluso se quedó corto: Orwell imaginó unas pantallas como televisores que nos administraban propaganda en cada rincón de nuestras calles y de nuestras casas, a la vez que nos vigilaban. Se quedó corto en el sentido de que las “telepantallas” las llevamos encima en forma de teléfonos móviles. A través de tales aparatos se nos puede localizar. Al dar nuestro parabién a innovaciones y apps que van llegando, saben dónde estamos físicamente, y por dónde navegamos saben lo que pensamos. Es más, en estos aparatos Orwell y Huxley se complementan perfectamente. Hace poco hablé, de viva voz por teléfono a través de mi móvil, preguntando a un experto informático qué características serían las mejores para un disco duro externo que quería comprar. Inmediatamente después, Amazon y otras plataformas me inundan con publicidad de discos duros de esas mismas características.

Así pues, hoy la peor de las dictaduras no necesita acudir a la violencia en absoluto. Con psicología y algo de farmacología, remodela la mente humana desde dentro. La gente no se resiste porque se ha conseguido que la opresión se viva como libertad. Estos métodos no violentos son mucho más estables que cualquier estado policial al uso, porque la fuerza física crea mártires y resistencia. El placer, en cambio, crea participantes dispuestos a defender el mismo sistema que los controla. Una vez que estas tecnologías se implementen por completo, el daño será permanente.

Consideremos el mundo en el que vivimos ahora: se ofrecen pastillas para cada malestar, la atención y nuestros datos se venden al mejor postor. Se diseñan bucles de dopamina en cada aplicación y en los algoritmos de redes sociales. Es más, los algoritmos no nos obligan a participar. Lo elegimos nosotros. Con entusiasmo además. La tortura y el castigo también se sofistican, pero se reservan para los peores resistentes.

En un mundo en el que las personas cambian su autonomía por comodidad y nunca se dan cuenta del intercambio, los grilletes no están en sus muñecas. Están en sus hábitos, en sus feeds y en sus botiquines. El primer paso hacia la libertad es ver la prisión. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a mirar?

@Krakenberger