En democracia, sobre todo cuando pensamos en el largo plazo, es fundamental no confundir gobierno con Estado, ni con el propio sistema democrático. La alternancia política forma parte de su esencia, por eso no debemos caer en la tentación de tomar decisiones estructurales en función de quién gobierne en un momento concreto, ya sea en Estados Unidos o con cualquier otro aliado. Precisamente, porque compartimos valores con otras democracias, la relación entre ellas debe sostenerse sobre principios estables, no sobre coyunturas pasajeras.
Los regímenes autoritarios, en cambio, operan con una lógica distinta: su línea política es mucho más rígida y previsible, y a menudo juegan con las divisiones internas de las democracias, esperando a ver quién gobierna para intentar influir o sacar ventaja. Frente a eso, las democracias liberales no pueden permitirse el lujo del cortoplacismo.
En los últimos tiempos, el auge de los populismos –tanto de derechas como de izquierdas– introduce un fuerte componente de oportunismo que empuja a decisiones impulsivas, como la reciente propuesta formulada por Sumar en el Parlamento Vasco de salir de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), olvidando los intereses comunes que deben defenderse a largo plazo. En la misma línea, esta semana el propio Trump ha amenazado con abandonar la Alianza, precisamente porque no responde a sus intereses cortoplacistas. Al final, los extremos se tocan.
Ejemplos recientes muestran los riesgos de esta deriva oportunista. Las tensiones generadas en torno a la política internacional de Trump evidencian hasta qué punto se puede tensionar la relación entre aliados, llegando incluso a planteamientos que tratan a democracias liberales como si fueran adversarios estratégicos. Sin embargo, también ha quedado claro que existen límites, ya que propuestas como la presión sobre Groenlandia no prosperaron, en parte porque delante hay otra democracia liberal con la que existen lazos profundos.
Del mismo modo, no podemos caer en la tentación de cuestionar el derecho internacional y las instituciones que lo garantizan, por razones coyunturales como la deriva en política exterior de uno de sus miembros. Por mucho peso que tenga en esa organización.
La historia reciente nos ofrece lecciones claras. El caso del Brexit, que ha llevado a la salida del Reino Unido de Europa, impulsado en parte por reacciones a corto plazo ante crisis como la guerra en Siria y la llegada masiva de refugiados a Alemania, demuestra cómo una visión cortoplacista puede desembocar en decisiones estructurales de gran calado y graves consecuencias.
En este contexto, ante los intentos de debilitar el derecho internacional y la arquitectura institucional que sostiene las relaciones entre países, Euskadi debe reafirmar su carácter europeísta. Ante la incertidumbre global, lo responsable no es romper estos vínculos, sino fortalecerlos.
Esto no implica renunciar a una postura crítica. Las democracias deben ser exigentes consigo mismas y con sus gobiernos en todo momento. Pero esa crítica debe ser siempre compatible con un principio firme: estar del lado de las democracias liberales.
En definitiva, se trata de elegir entre dos visiones contrapuestas: una que se deja llevar por el cortoplacismo, el oportunismo y la lógica de confrontación, y otra que apuesta por la estabilidad, la cooperación y la defensa de valores compartidos en el largo plazo. La apuesta debe ser clara y la nuestra lo es, a favor de una Europa fuerte que tenga su política exterior y de seguridad común. Una Europa alineada sobre los valores que la fundaron, valores como la democracia y los derechos humanos. Una Europa que debe valerse por sí misma y ganar autonomía estratégica, ocupándose de su propia seguridad.
Además, en un escenario global como el que vivimos, de gran incertidumbre en el ámbito internacional y marcado por el retorno de la guerra a Europa, con la invasión rusa de Ucrania, no parece lo más prudente, ni el momento más adecuado para cuestionarse las alianzas internacionales en materia de seguridad. Es decir, parafraseando a San Ignacio de Loyola, “en tiempos de tribulación, no hacer mudanza”, tal como decía alguien con gran vocación europeísta como fue el Lehendakari Agirre.
El compromiso de defensa mutua que recoge el artículo 5 de la Organización del Tratado del Atlántico Norte actúa como el freno más eficaz ante cualquier tentación expansionista de potencias agresoras.
La guerra iniciada por Rusia en Ucrania hace ya cuatro años ha redefinido el mapa de amenazas para Europa. En un momento de auge de autoritarismos de derecha y de izquierda, es fundamental preservar la seguridad de las democracias liberales.
Así lo han entendido países históricamente no alineados como Finlandia y Suecia. Su integración bajo el paraguas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte confirma una realidad innegable: en el siglo XXI, la neutralidad ya no garantiza la seguridad frente a potencias que ignoran el derecho internacional.
El ingreso de Finlandia y Suecia marca uno de los cambios geopolíticos más importantes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, con permiso de la caída del muro de Berlín y la rápida integración en esta organización de numerosos países que hasta entonces estaban integrados en el Pacto de Varsovia, lo cual ya fue por sí mismo bastante significativo.
Como decía, aunque ambos países, Finlandia y Suecia, colaboraban con la Alianza desde hacía décadas, mantenían una política oficial de “no alineamiento militar” que se rompió recientemente.
Aquí un dato curioso: antes de la invasión rusa de Ucrania en 2022, el apoyo a la OTAN de la población sueca y finlandesa, solía rondar entre el 20-30%. Pocas semanas después del ataque a Ucrania, el apoyo saltó por encima del 70% en Finlandia. La opinión pública y los gobiernos de estos países concluyeron que la neutralidad ya no garantizaba la seguridad frente a un vecino impredecible. Esta reciente ampliación de la Alianza Atlántica hacia el norte de Europa demuestra que incluso las naciones más cautas han comprendido que la seguridad es un bien común que no puede protegerse de forma aislada.
En un mundo donde las fronteras vuelven a ser cuestionadas por la fuerza, permanecer bajo el paraguas atlántico es la mejor garantía para seguir viviendo en paz y libertad.
Y, sobre todo, en un tiempo de auge de populismos y extremismos a derecha e izquierda, que pretenden minusvalorar e incluso acabar con el derecho y la arquitectura internacional que tanto tiempo nos ha costado construir en Europa, abogamos por preservar ese derecho internacional. Mientras a otros les ha gustado aislarse, Euskadi siempre ha estado en la generación de relaciones atlánticas internacionales.
Algunos parece que quieren apuntarse a esta ola de destrucción iniciada por los populistas de izquierdas y de derechas, y que parece encabezar Trump, mientras el Partido Nacionalista Vasco siempre estará con una Europa fuerte, defensora del derecho internacional. Estamos donde siempre ha estado EAJ-PNV y, si se me permite, también los vascos.
Parlamentaria EAJ-PNV- Marshall Memorial Fellow