Cuanto peor, peor

08.11.2020 | 23:47

¡Ojo con las provocaciones! Porque detrás de magnas reivindicaciones como la libertad o los derechos civiles, muchas veces se esconden totalitarios, negacionistas o activistas de la revolución por el caos. Gentes que creen que, cuanto peor, mejor para ellos. Pero la realidad demuestra siempre que cuanto peor, peor

No soy virólogo. Ni epidemiólogo. Tampoco soy médico. Ni estoy en condiciones de sentar cátedra sobre una materia tan sensible como la salud porque desconozco lo básico en relación al coronavirus. Por eso evito manifestarme al respecto. Porque sobre lo que no se sabe, mejor no decir nada. Es un principio sencillo pero que casi nadie nos aplicamos. Todos, y yo el primero, somos entrenadores de fútbol. Todos, y yo el primero, opinamos alegremente de temas cuya realidad desconocemos, aunque cometamos estupideces mayúsculas al airear libremente nuestras valoraciones.

He participado en tertulias radiofónicas, pero opté por dejarlo. Entre otras razones porque había temas sobre los que prefería no manifestarme. No porque me resultaran incómodos, sino porque no tenía conocimiento suficiente para proponer un criterio. Y lo de cantinflear me resulta una práctica difícil. No lo creo honesto. Aunque veo que muchos no coinciden con tal apreciación porque no tienen problemas para expresarse como loros sobre cualquier materia. Yo prefería callar. Y un tertuliano callado está de más en un programa de radio o de televisión. Es como los figurantes mudos en las ruedas de prensa, esos que acompañan a quien trasmite un mensaje sin más razón aparente que la de salir en la foto. En comunicación habla quien tiene algo que decir. El resto se convierte en ruido que interfiere el mensaje.

Siento pudor ante quienes hablan de la actual pandemia como si fueran expertos en medicina. Esos que se permiten aconsejar y hasta pontificar sobre lo que debemos o no hacer. Nos han dicho de todo. Que no se actúa con criterio. Que cuando se hace, se llega siempre tarde. Que hay que hacer cribados masivos, que es preciso "limitar la interacción social y la movilidad en función de los rastreadores que se vayan a contratar". Antes nos garantizaron que los contagios se acabarían con la paralización total del país. Que había que someter a Euskadi a una especie de coma económico. Y ahí siguen, dando pláticas como si de premios Nobel de medicina se tratara. Demostrando, sobradamente, que la ignorancia es la madre del atrevimiento. Doctores en conjeturas. En frivolidades. En desparpajo y en irresponsabilidad.

Me avergüenzo ante tanto intrusismo de charlatanes cuyo único interés no es la seguridad o la salud pública sino el beneficio político. Yo no caeré en esa tentación. Creo que nuestro deber, el de la ciudadanía de a pie que asiste temerosa y preocupada a la nueva crisis sanitaria, es hacer caso a las recomendaciones y medidas de obligado cumplimiento que las administraciones competentes han adoptado para procurar poner freno al contagio de la enfermedad. Hacer caso responsablemente, lo que no significa dejar de ser exigentes para con quienes nos gobiernan. Porque de la actitud individual de cada uno de nosotros dependerá en buena parte la reducción o no de la propagación del virus. Y no nos olvidemos que las consecuencias que esta infección genera provocan muertes a diario. Muertes y graves dolencias a centenares de personas en una cadena de contagio que debemos minimizar si no detener.

No, no soy virólogo. Ni epidemiólogo. Ni médico. Ni tengo conocimientos mínimos de medicina. Pero todas las mañanas, cuando me afeito y contemplo bajo mi garganta una cicatriz a modo de culo de pollo, me doy cuenta de lo que supone estar intubado, sometido a una respiración artificial y a un proceso prolongado de sedación. Esa cicatriz, ahora anecdótica, es el recuerdo de una traqueotomía practicada para la instalación de un respirador que combatiera el "distrés pulmonar" provocado por un bicho que me llevó a conocer como paciente una Unidad de Cuidados Intensivos durante 28 días y cuyas secuelas aún padezco "afortunadamente". El bicho que me afectó no fue el SARS-CoV-2, no fue un virus, sino una bacteria, pero sus efectos fueron muy parecidos y tan devastadores como los que hoy causa el coronavirus.

Quizá por eso, cada mañana, al rasurarme, pienso en quienes han sido víctimas de esta enfermedad y luchan por sobrevivir en una UCI. Algunos lo hacen desde el coma inducido, tumbados boca-abajo (decúbito prono) para hacer frente a los bajos niveles de oxígeno que llegan a los pulmones. Si, afortunadamente, consiguen salir adelante –y así lo espero– sufrirán consecuencias que afectarán a sus vidas durante mucho tiempo. La pérdida de masa muscular les obligará a resetear su cuerpo. Algo muy duro, porque tendrán que aprender a respirar, a moverse, a caminar. Algo que he conocido, no de oídas, sino personalmente.

No soy virólogo, ni epidemiólogo, pero esa pequeña cicatriz reafirma mi voluntad de hacer caso a los consejos y medidas que las autoridades sanitarias y los gobiernos legítimos han planteado para frenar la senda destructiva de este virus. Admito que el recorte de movimientos y de actividades mediatiza nuestra calidad de vida. A nadie le gusta que le recorten sus libertades, que le limiten sus contactos, que le restrinjan sus relaciones sociales. Me duele, como a todos, no poder estar con la familia, con los amigos. No poder abrazarles o besarles. Entiendo a quienes, en su rebeldía, se lamentan de que su vida se limite al estudio, al trabajo y a la casa. Percibo que necesiten más espacio. Más ocio. Más roce, más cariño. Y que al no disponer de la libertad requerida se enfadan con el mundo y con quienes les pedimos sacrificio y disciplina.

Entiendo que piensen que la enfermedad no les afecta tan gravemente como a otros. Pero ellos y ellas deben ser conscientes de que, si abandonan las cautelas y bajan la guardia, el virus que quizá a ellos no les debilite, puede que, por contagio, termine matando a su padre o a su abuela. Todos estamos cansados por la situación. Desanimados porque no se ve la luz al final del túnel. Pero la ansiedad o el desapego no pueden favorecer que rindamos nuestras defensas. Si bajamos los brazos, las consecuencias seguirán siendo nocivas para todos y, tal vez, las nuevas medidas que se nos planteen deban ser las que nadie deseamos: el retorno al confinamiento domiciliario.

He visto con preocupación, y también con un punto de indignación, los primeros incidentes provocados por una minoría que protestaba el pasado jueves en Bilbao contra el estado de alarma y la restricción de movimientos y actividades establecida por el Gobierno vasco. El centenar pasado de manifestantes, reunidos tras una convocatoria en las redes sociales bajo el título de "no mas represión 2020", comenzaron gritando "libertad" y terminaron incendiando seis contenedores (25 dañados), cuatro vehículos y destrozando diverso mobiliario público. Al grito de "libertad" se articuló una algarada que concluyó con la detención de seis personas y la investigación de otras dos más por desordenes públicos. El episodio en cuestión es, quizá, el más grave de cuantos se han producido en Euskadi en las últimas fechas en relación directa con las medidas coercitivas vinculadas a la lucha contra la pandemia. Sería injusto identificar en tales desmanes a un grupo social determinado. Pero ojo con las provocaciones. Porque detrás de magnas reivindicaciones como la libertad o los derechos civiles, muchas veces se esconden totalitarios, negacionistas o activistas de la revolución por el caos. Gentes que creen que, cuanto peor, mejor para ellos. Pero la realidad demuestra siempre que cuanto peor, peor.

Cumplamos las normas, aunque no nos gusten. Aunque aborrezcamos términos como "estado de alarma" o "toque de queda". Dejen ya las formaciones políticas de comportarse irresponsablemente porque a lo que hay que vencer es al virus, no al adversario. Firmemos una tregua en la confrontación de nuestras diferencias. Desterremos el río revuelto de huelgas impresentables en el actual momento y seamos capaces de ofrecer una respuesta adecuada y comprometida con el bien común de todas las personas. Porque todas queremos que esta desgracia acabe pronto.

No hace falta ser un experto para hacer frente al coronavirus. Basta con actuar con sensatez y responsabilidad. Pensando en uno mismo pero también en los demás. Pensando en aquella frase que inmortalizó John Fitzgerald Kennedy: "No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país".

* Miembro del EBB de EAJ-PNV