La batalla de Madrid, el peligro en otros sitios

29.10.2020 | 23:37

Fuera de nuestro país, especialmente en Europa, han entendido que para derrotar al coronavirus, para salir lo antes posible de esta crisis sanitaria y la económica que provoca, resulta imprescindible afrontarlas unidos, sin tensiones. En Madrid, en cambio, hemos optado por la senda de la bronca y el conflicto

Quién no recuerda La batalla de Argel, aquella maravillosa película de Gillo Pontecorvo. Por la dureza de la disputa, en este caso política, que reflejan las últimas semanas, podríamos hablar de "la batalla de Madrid", aunque en este caso y referida a la democracia, la salud, la sensatez, España€. podríamos recurrir a la manida frase de "entre todos y todas la mataron y ella sola se murió". Cualquier despropósito que se nos podía haber ocurrido con anterioridad se ha producido en dos frenéticas semanas en las que ha quedado clara la pobreza intelectual de una clase política partidista e irresponsable.

Nadie, absolutamente nadie, está a la altura de las circunstancias. Nadie, absolutamente nadie, está siendo capaz de anteponer los intereses generales a los partidistas. Todos, absolutamente todos, están demostrado que la salud de la ciudadanía les importa un carajo y que sólo actúan buscando la confrontación y la derrota del oponente, pensando así que sacarán rentabilidad electoral en el futuro.

El coronavirus se transmite en este caldo de cultivo y así no hay manera de poder parar, ni siquiera paliar, sus contagios. Y con la salud no se juega. Es cierto que los errores y las malas artes se observan de manera más evidente en alguna de las partes en conflicto (jamás en esta grave situación se debían dar desencuentros), pero eso no exime a cada cual de sus propias responsabilidades. Que Madrid debía estar confinada hace mucho tiempo lo apuntaban todas aquellas personas que conocen este virus, probablemente también todo el país, pero intereses espurios, algunos (no todos) económicos, han prevalecido sobre los puramente sanitarios, entre los dirigentes de todos los colores. Y así nos va.

Cuando en otros países, siguiendo las directrices de la OMS, con niveles de contagios superiores a 50 ó 100 por 100.000 habitantes en 14 días, se toman medidas drásticas como el toque de queda en Francia o Bélgica, aquí estamos hablamos de tasas de 500; o de 750. Cuando por ahí se encienden las luces rojas de alarma con porcentajes de 5% de positivos, aquí nos manejamos alegremente por encima del 10%. Cuando allí preocupa que las UCI estén por encima del 5% de ocupación, aquí fijamos el 35%. Una locura.

Pero existe un elemento mucho más grave que nos diferencia de los demás. Fuera de nuestro país, especialmente en Europa, han entendido que para derrotar al coronavirus, para salir lo antes posible de esta crisis sanitaria y la económica que provoca, resulta imprescindible afrontarlas unidos, sin tensiones. En Madrid, en cambio, hemos optado por la senda de la bronca y el conflicto.

El coronavirus ha encontrado en nuestro país el lugar idóneo para desarrollarse y fortalecerse. Así tenemos el dudoso honor de unimos a países como EEUU o Brasil. Nos gusta mucho la juerga, confraternizar en grupos numerosos, somos absolutamente indisciplinados, en ocasiones anárquicos, una parte más numerosa de lo que los buenistas señalan, bastante insensatos, insolidarios y torpes, extremadamente torpes. Además, lo que vemos en nuestros líderes tampoco nos da para ser otra cosa. Lo ocurrido en Madrid así lo atestigua.

Está claro que Isabel Díaz Ayuso influida por el peligroso Miguel Ángel Rodríguez, ha actuado con una absoluta irresponsabilidad y con su comportamiento ha puesto en grave riesgo a los habitantes de Madrid, creando un conflicto innecesario con el gobierno del Estado. Pero también resulta evidente que Pedro Sánchez ha sido capaz de rememorar la célebre frase de Alfonso Guerra: "Cuando el enemigo se equivoca, hay que dejarle hacer", quizás influido por ese otro peligro que supone Iván Redondo.

Rodríguez y Redondo han desarrollado su pelea arreando los guantazos en plena cara del resto de la sociedad madrileña. Aplicar esa máxima ha puesto igualmente en riesgo a toda la ciudadanía y eso no puede ni debe hacerlo ningún dirigente que se precie.

Dejar cocerse en sus propios errores a la presidenta de la Comunidad de Madrid, para justificar tomar medidas que se debieron tomar hace días, ha resultado tan insensato como la actitud de ella.

Y hemos visto entre perplejos e indignados que su absurdo jugueteo trae consecuencias esperpénticas. Observar a las 4 de la tarde del viernes 9 de octubre las cámaras de la DGT de las salidas de la capital repletas de madrileños huyendo sin ningún control hacia sus añoradas vacaciones, ponía los pelos de punta de las gentes sensatas. Y preguntarse cuántas de esas miles de personas estaban exportando el virus hacia zonas que ahora se encuentran en tasas bajas de incidencia, cuando menos producía una profunda preocupación. ¿Cómo han permitido todos estos dirigentes que tenemos que esto se produzca? ¿Es que ninguno ha tenido la lucidez de preverlo? Si se ha permitido por dejadez o incompetencia, mal; pero si se ha hecho para utilizarlo contra el enemigo político, mucho peor aún. Y surgen dudas de que haya sido así.

Por otro lado, uno se preguntaba también por qué Madrid sí y otros sitios, como Navarra, no. Con tasas terribles de incidencia, que ya eran de 400 nuevos infectados de una población de 650.000 habitantes, con más del 12% de positivos y las UCI al 28% resultaba sorprendente que al menos Pamplona y comarca no estuvieran ya entonces confinadas o con restricciones serias de movilidad.

Las medidas anunciadas en un principio por su presidenta, María Chivite, se asemejaban demasiado a las de Isabel Díaz Ayuso. ¿Por qué a esta se la frenó en seco y a aquella no? Pero la fuerza de los datos aceleró los acontecimientos y así el gobierno de Navarra no tuvo más remedio que tomar las decisiones que resultaban imprescindibles desde hacía muchos días. Pero abrió sombras de duda sobre los motivos reales de su resistencia para tomarlas: el miércoles salía de Pamplona La Vuelta y quizás por ese motivo se anunció que entrarían en vigor a las 00:00 horas del día siguiente. Que las decisiones en un tema tan importante se puedan tomar no por criterios sanitarios sino puramente económicos, resulta de extrema gravedad. Y desde un punto de vista ético surge el interrogante: ¿cuántas personas habrían evitado su contagio, su sufrimiento, el ingreso en los hospitales y quizás su muerte si esas medidas se hubieran tomado, como apuntaban los expertos, hace varios días ya?

Algunos expertos, como Miguel Sebastián, llevan meses alertando de que es preferible para la salud y también para la economía, confinar como en marzo durante un espacio breve de tiempo a demorarlo con medidas moderadas y a salto de mata durante mucho tiempo.

El autor es ex parlamentario y concejal del PSN-PSOE