una vez superada la inicial perplejidad, la historia del chalado de los rifles será sin duda objeto de chanza generalizada, pero parémonos a pensar por un momento en que le hubiera salido bien. No hay que olvidar que en la boda del entonces príncipe Felipe se coló un tío con una pistola solo para demostrar que nada es imposible. El sujeto habría pasado a la historia y el señor presidente sería, consumado el magnicidio, el Kennedy español. La dimensión y consecuencias de un hecho así son inescrutables, recordemos que Mateo Morral falló por poco, pero falló, y todavía hoy se estudia aquel atentado en los colegios, supongo. Parece por tanto un asunto tan serio como intentar pegarle un pepinazo al avión de Aznar, tener al Emérito a tiro en el puerto de Palma y desde luego mucho más que lanzarle un pastel a una presidenta foral, cosa que, dicho sea de paso, a mí me pareció fatal en su día porque aunque la agresión física fue nimia, humillar a una persona nunca es una respuesta digna a nada. Sin embargo, será en Terrassa donde se juzgará al de los rifles, que metió la pata con el Whatsapp pero acertó al limitarse a guardar un arsenal en casa. Si se le llega a incautar una tarta de Goya lo habrían mandado de cabeza a los calabozos de la Audiencia Nacional.