Hay entre los viejillos y entre buena parte de la clientela habitual de nuestro amado templo del cortado mañanero varios usuarios de pata negra de los taxis, el tranvía y los urbanos de la capital de la Euskadi tropical. Rara es la vez en la que se ha escuchado entre estas cuatro paredes algo bueno de la gestión política de los tres servicios, todo hay que decirlo. Aunque también suele dar la cosa para rememorar unas cuantas anécdotas vividas en trayectos en teoría inanes, como aquella vez que uno de los abuelos no controló un pedo pintor y el taxista que le llevaba a casa tuvo que bajar todas las ventanillas del coche en pleno enero para poder seguir respirando algo que no fuese aquel veneno puro. Da igual cuántas veces lo cuente el protagonista, siempre terminamos a carcajada limpia asistiendo a la descripción de los diferentes colores que fue tomando la faz del conductor. Pero es verdad que en los últimos meses, con todo esto de la regulación de la nueva ordenanza de los autos locos, a los más veteranos del lugar se les nota, sin que sirva de precedente, cierta empatía con la postura del sacrosanto Ayuntamiento, lo que viene a ser una de las señales del Apocalipsis porque algo muy raro tiene que pasar para que esta parroquia se ponga del lado de alguien de la política.
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