Pues me van a perdonar, pero hoy creo que me voy a meter en un charco. Y lo voy a hacer a lo bravo, sin botas de agua que eviten la humedad en los calcetines. Vamos, casi como William Wallace en Braveheart. Sí, ya sé que este inicio de artículo parece propio de un día de fiesta etílica o de resaca inmisericorde pero, dadas las circunstancias, creo que no desentonará en exceso. Verán, tras más años de los debidos para una correcta salud mental haciendo méritos en este negociado de juntar letras, se me ha quedado de serie una muesca de incredulidad vacilona que tiende a aparecer cada vez que escucho hablar a un político de esos que abundan en la mediocridad. Lo que ocurre es que lo que antaño sólo era un tic instrumental, casi de defensa ante argumentos zafios y razones de chistera, se ha transformado en gesto cotidiano y permanente. Sin una opinión facultativa decente no me atrevo a aventurar los orígenes de este rictus, pero me temo que obedece a una sobreexposición a los discursos que genera el denominado procés. Tanto escuchar a portavoces de unos y de otros y tanto intentar creerme sus razones ha debido de provocar un gesto de rebeldía de mis entendederas, hartas ya de tanto chotis dialéctico y de tanta sardana argumentativa.