Ha cerrado el PP una semana en la que ha comenzado a probar lo amarga que puede ser la medicina de la minoría parlamentaria. Tras cuatro años y la prórroga de una mayoría absoluta ejercida a golpe de rodillo, le espera al Gobierno de Mariano Rajoy y al grupo parlamentario popular un camino de mucha negociación -y cesión, porque negociar también supone ceder- si no quieren que el Congreso se convierta en un pequeño o gran calvario. La prueba de fuego, claro, serán los Presupuestos. La campaña de presión al PNV -digno de mención el toma y daca que se marcaron Aitor Esteban y José Manuel García Margallo el miércoles en el programa de Susanna Griso- ha cogido fuerza y da fe de que el PP parece querer aflojar algo la presión a un PSOE que ya ha dicho que negociará el techo de gasto y las enmiendas y con pocas fuerzas para acometer nada que no sea su propia reconstrucción. Pero la vida parlamentaria ofrece muchas votaciones en las que recordar a un gobierno que está en minoría: toda la oposición lo hizo el martes aprobando una iniciativa para paralizar la Lomce y maniobrando el miércoles para evitar que Jorge Fernández Díaz presidiera la Comisión de Exteriores, primero, y la Comisión Mixta del Tribunal de Cuentas, después.