vitoria arrastra un problema con el tren. Su llegada a mediados del siglo XIX despertó recelos hacia esas gentes extrañas cuya llegada amenazaba la paz de la aldea. La fuerzas vivas de la ciudad desplazaron entonces a Miranda de Ebro el nudo ferroviario -dejando Vitoria a salvo- que conectaba Madrid con Bilbao y la frontera francesa. Luego, ante el clamoroso error estratégico, los conspicuos aguafiestas -esos que aun hoy ven en Bilbao el chivo expiatorio a todos sus males- se inventaron que había una conspiración para dejarnos fuera de juego. La historia se repitió con Joaquín Herrán y Ureta, ingeniero que promovió con capital inglés la conexión con el puerto a través del Vasco-Navarro, aunque su proyecto sólo llegó a Bergara. En la era reciente, el consejero socialista José Antonio Maturana vino con un moderno y verde tranvía, pero los vitorianos vieron gato encerrado y evitaron ese cáliz. La inversión terminó yéndose a Bilbao y esos conspicuos jeremías lloraron porque los vascos volvían a quitarnos el tren del morral. Ahora nos vuelve a pasar con la ampliación del tranvía y entre dimes y diretes -ese eterno bucle de los jeremías vitorianos-, entre que si no le vamos a dejar al alcalde ponerse esa medalla o que si no pasa por Zabalgana no lo queremos, volvemos a dejar pasar el tren. Y así va para un siglo.