Mesa de Redacción Agur Irineo
a sí, de repente, se ha marchado Irineo. Su familia está de luto, como el Berlín, como la Avenida, como casi toda Vitoria. Le apreciábamos y él nos conocía mejor que nadie porque llevaba aquí más que muchos de nosotros. Y era empresario de los buenos, de los que cuidan su negocio, de los que dan importancia suprema tanto a lo fundamental -que eso es lo obvio- como a los detalles, conscientes de lo rápido que se puede echar abajo un proyecto labrado a base de años de esfuerzo y trabajo. “Un bar no es solo un negocio, es también un servicio; como el periódico”, repetía para hacerme entender por qué cerraba tan tarde o por qué abría tan temprano incluso los domingos. Irineo tenía muy claro que la prosperidad de su restaurante pasaba por fidelizar a sus clientes, por hacer del Berlín un lugar cómodo y acogedor donde no te entraran ganas de marcharte enseguida. Un bocata a deshoras, una caña tardía, un saludo siempre y ese perenne gesto alegre y positivo, que bastante mala leche se gasta fuera. Se preocupaba muy mucho por entender a quién servía, sus gustos, sus inquietudes. Por eso prosperó desde el Number One hasta el Berlín pasando por el Bananas. Superó las adversidades, que también las hubo, hasta que parecía tener todo en orden. Y de repente se va. Te echaremos de menos.