Por lo general funcionan en grupos de entre dos y cuatro personas. Se establecen en un lugar en concreto de la ciudad, sobre todo el centro. A veces optan por dividir fuerzas y situarse en dos puntos equidistantes de una misma calle para que, vengas o vayas, no tengas escapatoria. Son amables. Mucho. Te prometen que no quieren venderte nada extraño, que va a ser rápido, que no te quieren molestar. Solo esperan tener la oportunidad de explicarte algo y, en la mayoría de los casos, pedirte que te apuntes con lo que eso significa de aportación económica. Pero poco, para que no te asustes. Los ves desde lejos. Decides apretar el paso. Pero no son tontos. Ellos te han captado con su mirada felina desde hace más tiempo. Se mueven de manera sutil para, aunque intentes reaccionar en el último momento, situarse en tu trayectoria y salirte al paso. No te queda otra que, por lo menos, mirarles a la cara. Aquí tienes dos opciones. Una, pararte y que pase lo que tenga que suceder. Dos, inventarte la mentira habitual aduciendo que tienes una prisa tremenda y seguir hacia adelante aunque se te quede sentimiento de culpa porque piensas que, en realidad, esos pobres sólo están haciendo su trabajo o, peor, una labor voluntaria que nadie reconoce. La próxima vez, te dices.