Tengo un coche que echa humo desde que se ha enterado de que lo han manipulado donde más le duele: en su motor diésel. Echa humo porque se sabe estafado por gente de bien, que diría el de Pontevedra. No lo ha trucado ningún made in China, sino una marca de alta gama, europea, seria -que no siria- y la más sostenible del sector automotriz. Vamos, de fiar. Y echa humo porque el robo llega, casualidad, de un país que se siente con derecho a ordenarnos cómo tenemos que vivir para malvivir; cómo ahorrar para que otros se lo lleven crudo, y en qué condiciones trabajar para esclavizarnos y colocarnos la moto menos contaminante. Pero ahora cuando mi Golf de la sexta generación se cruza con un Passat de la séptima o un Tiguán de la primera generación echa un humo igual de maloliente y contaminado que esa gente de bien que te adelanta por la izquierda al volante de su A1, A3, A4, A5, A6, Q3, Q5 y TT de Audi. Y al ministro Soria, una semana después -diligente él- sólo se le ocurre decir que “el consumidor ha sido engañado”. Olvida el titular de Industria que los estafados también son ellos, que al Gobierno y a la Administración se la han metido doblada, que les han dado gato por liebre, como la Merkel con los bancos. Marca germana.
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