trabajábamos a contrarreloj -“¡venga, venga, que no es para el Pulitzer!”, nos exclamaba el jefe- contra una pantalla negra con letras iluminadas en verde y un cursor parpadeando, pues no existía el ratón. Había multitud de claves para fijar el cuerpo y la tipografía que insertábamos mecánicamente, de memoria y casi a ciegas. Hasta que llegó a las redacciones la gran revolución de los programas de Windows, con pantallas de colores, cajas de imágenes y de titulares. Somos antropológicamente tan reticentes a los cambios que en mi redacción, aferrándonos a lo malo conocido, casi nos amotinamos contra el nuevo sistema, sin el cual hoy los periódicos serían impensables. Normalmente las elecciones son habas contadas con algunas variaciones. Las de este domingo, sin embargo, son un mosaico multicolor, un engorro para la sacrosanta estabilidad institucional, pero por eso mismo una oportunidad para hacer política. Hay grandes expectativas de cambio en Vitoria, Álava, Gipuzkoa, Navarra o Madrid y no entro ya en si los vuelcos políticos serían buenos o no, pero sí es saludable al menos no tener que resignarse de partida a que todo siga igual. Que la pantalla no tenga que ser necesariamente siempre negra con letras iluminadas en verde. También hay ventanas de colores.
- Multimedia
- Servicios
- Participación