Inicio estas líneas con una petición expresa a las autoridades rojigualdas: quiero hacer un test de españolidad como el que obligan a realizan a los inmigrantes que buscan obtener la nacionalidad. Para medirme. Me siento valiente. He descubierto que las preguntas quedan al arbitrio del juez al que le toque examinar el conocimiento patrio que, vaya estupidez, demuestra la integración del sujeto. La temática es amplia: abarca desde la literatura del siglo XVI hasta las inanidades televisivas, pasando por la historia o el deporte. Puede caer de todo, visto lo visto. Preferiría ser examinado por un magistrado idiota, de los que van a pillar al solicitante sólo por joder. Preguntas posibles: ¿tres princesas españolas de los últimos 400 años?, ¿en qué se convirtió Mocedades con el paso del tiempo?, ¿Franco hablaba idiomas? Respuestas: me sé sólo dos y una es griega, en el chacachá del tren y una vez le oí hablar inglés, pero creo que leía. Suspendido. Acudiría después a las autoridades vascas para someterme, lanzado ya, a una euskoprueba para gozar de identidad: ¿quién es Ttartalo?, ¿cuántas capitales tiene Euskadi?, ¿qué es un kantaldi? Respuestas: una editorial, depende y Benito Lertxundi con guitarra en un frontón. Suspendido. Y ya no sería nada. De nada.